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Teólogos en el infierno

Foto: Geert Vanden Wijngaert | AP Foto

Cuando el teólogo Melanchton murió, nos cuenta Emmanuel Swedenborg por boca de Borges, se recreó su casa en el infierno, y los ángeles lo visitaban mientras él creía seguir su vida corriente. Así se hacía con todos los difuntos. Al cabo de un tiempo, como Melanchton persistía en sus errores, la casa se redujo a unas pobres paredes encaladas, los muebles se evaporaron -sólo quedaron los de la habitación donde el teólogo escribía-, y los papeles que llenaba con débiles justificaciones aparecían blancos al día siguiente.

De manera similar, hay en España quien ha entrado en el nuevo año creyendo que está aún en su casa, cuando es posible que solo habite un mundo de sombras. En Cataluña, las elecciones de diciembre no modificaron la aritmética fundamental del Procés, que tiene un sólido origen social y es la misma desde hace muchos años; pero sí trajeron, tras las manifestaciones de octubre, el fenómeno de una contestación al proyecto nacionalista que es por primera vez masiva, desacomplejada y exitosa en las urnas, y que está empezando a arañar supuestos consensos aceptados como dogma durante años.

Basta ver los escozores que provoca por doquier el nombre de Tabarnia para entender que quienes se beneficiaron desde 2012 de marcos conceptuales y comunicativos favorables -y muy hábilmente construidos- están empezando a chapotear en aguas más turbias. Es fácil imaginarse al expresident fugado como al Melanchton difunto: escribiendo en su escritorio de Waterloo, como si aún estuviese en la plaza de Sant Jaume, proclamas que mañana amanecerán en blanco. (Aunque no es menos cierto, y lo digo como antiguo habitante de Bruselas, que seguramente es más fácil creerse en casa de uno en el infierno que en Bélgica).

Pero no sólo se está difuminando el mobiliario del independentismo. Está quedando malparada también la tradicional condescendencia, cuando no abierto desprecio, de parte de las élites españolas -las progresistas, soi-disant- por las preferencias de esa significativa parte de la población que, a derecha e izquierda y en todos los territorios, no quiere más descentralización ni más desigualdad de trato. Y, sobre todo, se está congelando la sonrisa de suficiencia de quienes durante años han bendecido desde ese progresismo los proyectos de una u otra oligarquía por complejos históricos, cálculo electoral o apuesta a la quiebra del régimen. La ruptura generacional del 78 que se empezó a avizorar hace siete años puede derivar también en agrietamiento de algunos consensos que las izquierdas políticas y académicas del país no se esperaban.

Finalmente, en la habitación del teólogo pueden quedar también los discursos de ruptura y el partido que los encarnó. Llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada, decía Serrat, y siempre estamos preparados para la última guerra, pero no para la próxima. Los marcos y los tonos que tan bien se ajustaban a la España de principios de la década han envejecido en poco tiempo. Pasados los momentos más duros de la crisis, es necesario plantearse qué se le ofrece a esa amplia parte de la sociedad que, herederos del crecimiento de la segunda mitad del S. XX, se han desclasado durante la crisis o están en riesgo permanente de hacerlo.

Una legión que incluye trabajadores, nuevas clases medias y jóvenes hijos de la prosperidad castigados por el mercado laboral. La política de la pura “representación descriptiva”, por usar los términos de Pitkin, está dejando al descubierto sus carencias, y agotándose en la búsqueda de golpes de efecto, y en algún momento deberá dar paso a arreglos viables que traduzcan los nuevos equilibrios políticos en acuerdos redistributivos entre clases y generaciones.

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