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Teoría del otoño

Foto: Ricardo Gomez Angel | Unsplash

Me preguntaba, siendo adolescente, si con el paso del tiempo mi afición al otoño se disiparía. Ignoro el motivo, pero el otoño es mi estación preferida. Las gotas de lluvia en las ventanas, la hojarasca tapizando las calles, menos abarrotadas, el humo del café o el cigarrillo entre las manos frías, y esas mismas ventanas donde se estrella la lluvia encendidas en mitad de la noche igual que lámparas chinas, tan ambarinas, como en los cuentos de Dickens. Los árboles transformados en antorchas y las primeras nieves sobre Granada. Las nubes, las preciosas nubes. Atravesar una calle sin gente aspirando la humedad o mirar embobado una lluvia o fumar mientras se lee con una estufa cerca de las piernas son actos que me devuelven al paraíso.

Que el tiempo apenas cambia nada más que la apariencia es algo lo voy comprobando: sigo siendo fan del otoño. Me siguen gustando las lluvias y el amarillo de las ventanas cuando cae la noche, el calor de la casa tras el regreso, el cigarrillo y la taza convertida en una chimenea y una manta bajo el libro. Es algo incurable. Uno sigue siendo a los 30 el joven que planea romanticismos con un cuaderno manuscrito bajo el brazo.

Y tengo una teoría. El otoño me gusta por el hecho de que la ciudad rima con lo que uno prefiere y para lo que uno ha sido creado. Quiero decir que el clima obliga al recogimiento. Mientras el verano es de la calle y los extrovertidos, el otoño y el invierno son de la casa, la taberna y las bibliotecas. La ciudad, influenciada por el frío y la tormenta, se torna acogedora hasta que llegue diciembre con sus hordas de compradores. La vida se desarrolla en los interiores, tras las fachadas, termina esa impúdica manía de lo traslúcido y comienza lo secreto. El otoño es de los introvertidos.

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