Daniel Capó

¿Terceras elecciones?

En un conocido ensayo, George Orwell acuñó el concepto de “common decency” para referirse a la decencia básica de la gente común. Ser un hombre honesto no era para Orwell una cuestión de ideologías ni de credos, ni una pesada ristra de categorías abstractas sobre el bien y el mal, lo justo o lo injusto, sino algo en realidad mucho más sencillo y elemental, casi doméstico: ser fiel a la palabra dada, pagar lo que se debe, respetar las normas de convivencia, trabajar con esmero, buscar la pequeña justicia en el gesto cotidiano... Orwell conocía de primera mano el horror de los totalitarismos, pero también desconfiaba de los discursos grandilocuentes y de la superioridad moral con la que tantas veces nos revestimos. Sabía que uno de los puntos esenciales de la democracia consiste en aceptar el valor de la imperfección decente, precisamente porque el reconocimiento de esta imperfección conduce hacia una tolerancia generosa.

Opinión

¿Terceras elecciones?
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

En un conocido ensayo, George Orwell acuñó el concepto de “common decency” para referirse a la decencia básica de la gente común. Ser un hombre honesto no era para Orwell una cuestión de ideologías ni de credos, ni una pesada ristra de categorías abstractas sobre el bien y el mal, lo justo o lo injusto, sino algo en realidad mucho más sencillo y elemental, casi doméstico: ser fiel a la palabra dada, pagar lo que se debe, respetar las normas de convivencia, trabajar con esmero, buscar la pequeña justicia en el gesto cotidiano… Orwell conocía de primera mano el horror de los totalitarismos, pero también desconfiaba de los discursos grandilocuentes y de la superioridad moral con la que tantas veces nos revestimos. Sabía que uno de los puntos esenciales de la democracia consiste en aceptar el valor de la imperfección decente, precisamente porque el reconocimiento de esta imperfección conduce hacia una tolerancia generosa.

La decencia común debería constituir la base del gobierno de cualquier país. Y esto apela tanto al ejecutivo como a la oposición parlamentaria. En realidad, la gran coalición –que, al parecer, no será– respondía al mandato que salió de las urnas el pasado mes de junio. La decencia común es la que aparca la retórica de la confrontación y se aplica a las necesidades concretas de la vida cotidiana: garantizar el pago de las pensiones y del seguro de desempleo, pactar un modelo educativo y reducir las listas de espera en la sanidad, disminuir el endeudamiento y reparar las infraestructuras, aumentar las semanas de baja por maternidad y ampliar las becas, consolidar las cuentas públicas e impulsar el ahorro y la inversión, cauterizar la corrupción y reformar las instituciones. Los matices, por supuesto, son importantes, pero hay ocasiones en que no resultan lo esencial. Tras un año sin gobierno, España necesita una estabilidad que responda a esa decencia básica de la gente común: la que está harta del teatro y de los intereses partidistas; la que sencillamente pide, una a una, pequeñas soluciones concretas a sus problemas cotidianos.

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