José García Domínguez

Thatcher y el capitalismo utópico

«Lo único que hizo aquella mujer fue extender el certificado oficial de defunción de un orden social y económico, el del corporativismo británico nacido tras la Segunda Guerra Mundial, que los propios laboristas de la época, encabezados por Callaghan, habían reconocido ya inviable»

Opinión

Thatcher y el capitalismo utópico
Foto: Barry Thumma| AP
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Otro aniversario, el treinta, de la caída de Margaret Thatcher y, con ella, la del capitalismo utópico, el devoto culto pagano al libre mercado de cuando aquella otra religión laica, el socialismo que se quiso científico de Marx y Engels, se extinguió para siempre y su lugar en el altar supremo de las quimeras llamadas a restaurar el Paraíso en la Tierra fue ocupado de inmediato por un hermano gemelo suyo, eso que dimos en llamar neoliberalismo. Hermanos gemelos, sí. Pues, a fin de cuentas, las diferencias solo eran de detalle entre los dos mesianismos, tanto el de aquellos comunistas que creían con fanática y enternecedora fe genuina que de la igualdad económica nacería, prometeico, el hombre nuevo, como el de sus iguales, los liberales doctrinarios persuadidos de que el reino de la plenitud universal sería alumbrado por la extensión del capitalismo liberado de ataduras a todo el planeta, amén de a todos los ámbitos de la vida.

Pura religión, tanto en un caso como en el otro, pudorosamente disfrazada de aséptica y científica racionalidad económica. Por lo demás, Thatcher constituye un paradójico objeto de culto mítico de la derecha, o al menos de cierta derecha, que en realidad fue creado por la izquierda. Porque fue la izquierda quien logró impregnar su obra toda de gobierno de una carga ideológica que casi no existió en su día más allá de la retórica. A fin de cuentas, lo único que hizo aquella mujer fue extender el certificado oficial de defunción de un orden social y económico, el del corporativismo británico nacido tras la Segunda Guerra Mundial, que los propios laboristas de la época, encabezados por Callaghan, habían reconocido ya inviable.

Recuérdese a esos efectos pragmáticos que cuando Thatcher estaba a punto de llegar al poder el Reino Unido acababa de pasar por el muy humillante aro de tener que pedir un crédito de urgencia, igual que cualquier república bananera en apuros o una de sus antiguas colonias africanas, al Fondo Monetario Internacional. Y es que el problema de Thatcher, si concedemos llamarle problema, vino bastante después, en vísperas de la década de los noventa, cuando llegó a tomarse en serio la fantasía de que podría ser factible retornar al efímero mundo del laissez faire de la época victoriana. Una fantasía política, la del thatcherismo doctrinal, que se asentaba toda ella en el deseo ferviente de ignorar que el reloj de la Historia no tiene marcha atrás. La empresa imposible que los arquitectos teóricos del thatcherismo se propusieron fue convertir a la derecha inglesa, y por extensión al Reino Unido, en un apéndice económico, político e intelectual de Norteamérica. De ahí, tan radical, el divorcio de aquellos belicosos entusiastas de los mercados libres con la tradición canónica del conservadurismo, esa que siempre habían representado los Disraeli, los Carlyle o los Burke. Una tradición, la que ansiaba ignorar Thatcher, que nunca antes se había reconocido en la glorificación del Estado mínimo ni en la idealización del homo economicus. Todo aquello nada tenía que ver con los fundamentos clásicos del pensamiento conservador europeo y sí mucho, en cambio, con el universo mental propio de la derecha norteamericana.

Pero los británicos, a veces pese a sí mismos, no pueden dejar de ser europeos. Y los europeos, todos los europeos, seguimos siendo demasiado distintos a los americanos. Más laicos, menos refractarios al Estado, también mucho menos individualistas, además de escépticos en relación a la legitimidad del mercado. Somos, nos guste o no, otro mundo. Empeñarse en no querer entenderlo fue el supremo error de Thatcher. El capitalismo, sin comparación posible el orden económico más versátil que jamás haya conocido el mundo, ha logrado imponerse a todos los modelos alternativos que pugnaron por sustituirlo, desde el anarquismo decimonónico hasta los distintos fascismos y el comunismo en el siglo siglo XX. Y es que el capitalismo sólo tiene un enemigo que podría acabar con él: el libre mercado. Thatcher fue una mujer muy inteligente que, otra paradoja, será recordada por haber pronunciado una frase muy necia. «La sociedad no existe», sentenció. Porque la sociedad no sólo existe sino que es anterior a cualquier orden económico. Pero el libre mercado, con su preeminencia total y absoluta de lo económico por encima de cualquier otro principio, debilita a las instituciones humanas tradicionales, empezando por la familia, que hacen viable la existencia del propio capitalismo en su variante humana y aceptable, no la anómica y salvaje. Malditas utopías.

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