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The end?

El año pasado la sección cultural de la BBC encargó a un panel de críticos una selección de las mejores películas de siempre producidas en EEUU. La lista resultante arrojó una anomalía: apenas había cintas rodadas en el siglo XXI. Lo que les incitó a elaborar una lista solamente con películas hechas en los últimos dieciséis años.

La predilección por películas de la pasada centuria podría explicarse de varias maneras. Una es la manera en la que la nostalgia nos hace caer en la falacia de la edad dorada: cualquier tiempo pasado fue mejor y cualquier objeto de arte se prestigia con la edad. A partir de cierto momento en la vida, pocos cultivadores del arte se salvan de una ligera inclinación por el misoneísmo. Añadamos a eso una cierta tendencia a la pedantería que suele asomar en estas conversaciones. En una encuesta de este tipo nadie desea quedar como ignorante del canon, y de ahí que sea opción más segura citar a von Sternberg que a los hermanos Coen, por poner un ejemplo.

Sin embargo, también cabe argumentar que la ausencia de películas recientes no tiene que ver con la psicología de los encuestados sino con la realidad objetiva de las cosas. En efecto, resulta tentador pensar que el cine sea un arte agotado, que ya ha cumplido todas las etapas de su vida. Un arte con la historia ya hecha; clausurada, por así decir. Tuvo una lozana infancia con el cine mudo, una hermosa juventud al poner Hollywood a disposición de los talentos exiliados de Europa su sistema de estudios; un cénit de madurez entre los años cuarenta y fines de los sesenta, cuando cualquier año de la serie producía rutinariamente una docena de películas que hoy se tienen por clásicos u obras maestras (véase, por ejemplo, 1954: La ventana indiscretaJohnny GuitarSabrinaLa StradaHa nacido una estrellaLa ley del silencioBrigadoonLa última vez que vi ParísLa condesa descalzaLos siete samuráis, Río sin retorno y Siete novias para siete hermanos, y de, propina, Te querré siempre, que así se tituló en España el conmovedor Viaggio in Italia de Rosellini, Bergman y Sanders); vino luego un declive gradual a partir de los años setenta, cuando Spielberg y Lucas descubrieron al espectador infantil cambiando así la industria para siempre. Y unos años terminales en que por cada buena película se producen docenas de pastiches sin imaginación mientras la mirada del espectador se refugia en las series televisivas.

Esta indecisa teoría podría apoyarse en la observación de que durante este tiempo cada género ha tenido ya su propio epígono. Así, lascrewball comedy de los años treinta y cuarenta se ha reciclado en la comedia romántica de los noventa; el cine de aventuras, en el de acción; el de suspense e intriga, en el thriller; hasta se podría decir que las ubicuas películas de superhéroes son el reemplazo funcional de los viejos westerns.

Todo esto no pasa, por supuesto, de vacilante especulación. ¿Se hacía mejor cine antes? Inmenso tema de sobremesa. Si bien en el fondo da igual saber si el cine ardió o no con el último cigarrillo que se fumó Bette Davies. Como ocurre con el resto de las bellas artes, de las que también se han levantado severas actas de defunción, nuevas historias se verterán en los moldes viejos para seguir encandilando y llevándonos a la taquilla. Es posible que el arte haya muerto; es seguro que a menudo asistimos a su resurrección.

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