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The Terror: Truculencias decimonónicas

Foto: AMC_TV | RRSS

The Terror, la serie sobre la expedición de Franklin al Paso del Noroeste basada en una ficción de Dan Simmons y producida por Ridley Scott, es la última sensación en la televisión española. Se beneficia, cómo no, de una producción lujosa, que al confinar a los actores en los dos navíos encajados en la masa de hielo adquiere una forma se diría que teatral; y de unos actores que recordamos de otras series de éxito como Roma y Juego de tronos. Ciarán Hinds hace un estupendo Franklin: dubitativo, débil, benévolo, fatuo y breve. Y Paul Ready compone un personaje a medio camino entre el Dr. Maturin de Master & Commander y un secundario de National Lampoon.

The Terror brota de una de las últimas vetas del cine comercial; un género que, si no ha producido aún un corpus muy nutrido ni una obra maestra indiscutible, se reconoce sin dificultad. Podríamos llamarlo “truculencia decimonónica” o, en el caso de The Terror, “victoriana”, y tiene una tradición muy antigua que se remonta al folletín del XIX y aun antes a la novela gótica. Pero el cine actual, con su facilidad técnica y escaso reparo moral para retratar la casquería de la manera más fidedigna -o, mejor dicho, más truculenta- posible ha insuflado nueva vida a este tipo de historias y las ha sacado de los circuitos marginales. Pareciera como si el carácter cada vez más crudo de las producciones “de época” hubiera llevado naturalmente a pensar en la truculencia como un punto de partida o incluso un fin en sí mismo.

Dos películas recientes, En el corazón del mar (In the Heart of the Sea, Ron Howard, 2015) y El renacido (The Revenant, Alejandro González Iñárritu, 2015) hacen lo primero y adoptan como premisa dos relatos clásicos de ese tiempo de aventuras cruentas. En un caso, el hundimiento por un cachalote del ballenero Essex, en aguas del Pacífico, en noviembre de 1820; en otro, la peripecia del trampero Hugh Glass, abandonado por sus compañeros de expedición tras el ataque de una osa en los bosques del hoy estado de Dakota del Sur, a finales de 1823. Pero ambos filmes rehuyen -también The Revenant, pese a la publicidad que la rodeó- lo truculento como motor último de la ficción, un factor que entronca con Poe y que sí estaba presente, por ejemplo, en Ravenous (1998), el largometraje de Antonia Bird inspirado muy libremente en la historia de la “Donner party” y en el minero caníbal Alferd Packer. En su lugar, proponen las historias de Owen Chase y Hugh Glass como relatos de superación ante la adversidad, al gusto de los tiempos; con alguna inocua pincelada social en la primera, y con un igualmente insatisfactorio subtexto indigenista y ecologista, sumado a la consabida “poética visual”, en el de Iñárritu.

The Terror sí hace pensar de manera inevitable en Poe, siquiera sea por unos escenarios de hielo fotografiados, sin duda a propósito, como fantasmagóricas murallas blancas en un escenario de ópera, con un toque de irrealidad. En su desarrollo, sin embargo, la historia remite quizás a Lovecraft, a quien todos queremos mucho pese a que Borges lo llamase “parodista involuntario” de Poe: hay una necesidad de lo material, de hundir las manos y los ojos en algo más -o menos- que en el mero terror psicológico, que es seña del género truculento. Y si la expedición de Franklin dejó sus propios materiales de pesadilla en la forma de tres momias prodigiosamente conservadas en la isla de Beechey, como si no hubiera sido suficiente que intuyésemos el terror de su final, The Terror quiere ir aún más allá y fabular monstruos. Pero no más spoilers.

En el siglo XIX, el avance del hombre blanco por coordenadas inexploradas del Nuevo Mundo y de los océanos lo puso en contacto con una realidad violenta que lentamente se batía en retirada en las sociedades occidentales. Al tiempo que los ideales ilustrados y liberales iban proscribiendo la crueldad extrema en las metrópolis, que la coacción del Estado ejercía una pacificación interior, y que la industria extendía la promesa de dominio del mundo natural, los europeos y los colonos americanos redescubrieron en territorios remotos la brutalidad del “estado de naturaleza” que imperaba aún en los márgenes de su mundo, y que quizás ellos alentaban en su avance. En aquella frontera de la civilización donde se hacía realidad a diario el famoso dictum de Walter Benjamin sobre las obras civilizadas abundaron las historias cruentas, y ojalá los productores cinematográficos sigan explorándola y ofreciéndonos el deleite elemental y adolescente de lo truculento.

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