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Tiempo nuevo

Foto: Edgar Su | Reuters

¡Año nuevo! Y con él, cuando todavía no se ha apagado el eco de las campanadas a lo largo del continente, aparecen los propagandistas del “tiempo nuevo”. ¿Pueden oírlos? Un tiempo a estrenar, dispuesto ante nosotros como el regalo de una tribu extranjera, promesa que creemos aunque ya nos la hayan hecho antes. Hemos sacudido la alfombra del año anterior haciendo listas y balances; tenemos sobre la mesa una Moleskine recién comprada; estamos, en fin, listos para empezar otra vez. De hecho, precisamente, más listos que nunca. Acaso la función de la Nochevieja, que convierte la tragedia del fin de los tiempos en una inofensiva farsa de lamé y matasuegras, sea terminar de cansarnos de la carga acumulada durante los últimos doce meses. Es ya un tiempo vivido y por tanto archivado: gastado. Que nos traigan el nuevo.

Así que amanecemos el primer día del año como transformados en uno de esos espíritus libres que invocaba Nietzsche. Nos parece haber experimentado de golpe ese general desasimiento que el filósofo alemán juzgaba necesario para empezar una vida emancipada de todo prejuicio. Salimos a la calle: el aire parece más limpio, el silencio más elocuente. Todavía vagabundean algunos jóvenes borrachos, que buscan su primer desayuno indiferentes a la brecha que se ha abierto entre un tiempo y otro. Prefieren hacer una última ofrenda a Dioniso antes que mirar de frente la luz del día. Pobres: son los rezagados del tiempo nuevo.

¿Seguro? Desengañémonos: el tiempo nuevo no es más que una ilusión. Solo como consecuencia del exceso de conciencia temporal, de la saturación cronológica que empieza a afectarnos ahora que cada semana trae consigo varios “momentos históricos”, puede entenderse el éxito de una figura semejante. ¡Necesitamos descansar! De la historia universal, de nosotros mismos, de los demás. Esa demanda ha creado su propia oferta, una moda del lenguaje que se propaga rápidamente. Cliché periodístico, recurso para políticos, truco publicitario: el asidero psicológico del tiempo nuevo se banaliza y pierde con ello cualquier virtud terapétutica. Porque un solo profeta puede llamar la atención, pero una legión pasa desapercibida.

De ahí la fuerza simbólica del año que comienza: no deja de ser, aunque solo sea sobre el papel, una auténtica novedad. Y así, al menos por unas horas, esa vieja ilusión consigue ilusionarnos: unos empiezan un diario, otros se inscriben en el gimnasio. El horizonte se ha despejado; el contador está a cero. Finjamos creerlo.

Feliz 2018.

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