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Tiempo para ti

Foto: Charlz Gutiérrez De Piñeres | Unsplash

Tuve una comida hace poco con la directora de una de las publicaciones para las que escribo. Conversábamos sobre la vida, la rutina de madre monoparental, los hijos con sus deberes y el kilometraje de idas y venidas al colegio, eje de mis planes de diario. En un momento dado, me dijo: “¿Y cuándo tienes tiempo para ti? Necesitas tiempo para ti”. Lo primero que pensé fue… ¿Para mí? ¿Para qué quiero tiempo para mí? Después, me pregunté a qué se refería exactamente: ¿ir al cine con un amigo? ¿Salir a bailar? ¿Comprarme un vestido nuevo? ¿Leer un libro? ¿Viajar sola? Imaginé que eso era lo que se entiende por “tiempo para ti” y me acordé del terrible personaje de Julianne Moore en “Las horas”, que superada por su rol de madre y esposa perfecta que ha de hacer una tarta, deja a su hijo con la vecina y se va a una habitación de un motel dispuesta a suicidarse. Luego no se suicida, regresa, hace la tarta, pero pronto abandona a la familia porque es inmensamente infeliz. Me dije que la literatura y el cine están llenos de relatos de mujeres así, atoradas, infelices, que una vez a la semana desaparecen de sus labores absorbentes como abnegadas madres y esposas para pasar la tarde en una habitación de hotel siendo ellas mismas, pensando, leyendo o teniendo tiempo para sentir algo propio.

Sonreí internamente, pues todo esto no se asemeja ni mucho menos a lo que yo siento como madre monoparental, pero no las tenía todas conmigo, pues la realidad es que “tiempo para mi” no tengo y lo más aterrador: no lo echo de menos. ¿Qué me ocurre? ¿Debo preocuparme? ¿Es a esto a lo que se refería mi interlocutora con el “necesitas tiempo para ti”? Reflexioné preocupada. ¿Qué ha ocurrido para que ir al cine con un amigo no sea una rutina necesaria y ansiada y deseada, sino en una pereza total? ¿Por qué no necesito comprarme vestidos nuevos? ¿Tengo un problema de fondo?

Me vinieron a la mente todas esas mujeres que son altas ejecutivas super-humanas, y cuyo “tiempo para ellas” debe encajar con un jefe que de hoy para mañana les dice: hay que cerrar el contrato con los hospitales alemanes, mañana te coges un avión a Frankfurt, pasado, te metes en el bolsillo a los tocólogos de Wichita y el viernes al congreso de cirujanos de L.A. Me dije que esas mujeres que viajan por el mundo vendiendo utensilios obstétricos, por ejemplo, seguramente son tan felices como yo y tienen hijos tan felices como los míos, aunque se pierdan la obra de teatro de fin de curso o el partido de futbito de los sábados, porque no, la felicidad del hijo no está en el tiempo que tiene a la madre en casa, sino en lo feliz que sea la madre o el padre con la vida que lleva. La felicidad no la veo en las horas, sino en la satisfacción personal.

Me dije que quizá “el tiempo para ti” es algo que cuesta caro, una suerte de lujo asiático, un soliloquio de pago para encontrarse, enriquecerse, mejorar físicamente o espiritualmente. Pensé que igual, ese tiempo para mí al que se refería mi interlocutora, era algo así como perder la mañana dándome un masaje aceitoso y aromático. Sonreí al recordar la época en la que sumida en varias batallas personales traté de sentirme especial yendo a que me masajearan una vez por semana. Di con una chica que me hacía polvo con una especie de majadores de madera con pinchos de los que se usan para ablandar los filetes empanados. Ella decía: “si te hago daño avisa, pero es necesario un poco de dolor”. El problema era que mi tolerancia al dolor es demasiado alta y yo no sabía si eso era un poco de dolor o acaso un dolor que para otro sería insoportable. Doler, dolía siempre y acabé por mandar los masajes a paseo, porque se convirtieron en una especie de inútil tratamiento paliativo contra la infelicidad.

Dejé los trabajos extenuantes, me quedé trabajando en casa, jugando con mis hijos, haciendo deberes, dejándolos a su aire y estando yo al mío, escribiendo o leyendo. ¿Pero es el tiempo gratuito y no buscado, el tiempo por el que no pagamos prenda, el tiempo casero que se nos presenta a todas horas, pero no nos construye nuevas conexiones cerebrales ni nos lleva de viaje por la sabana africana “tiempo para ti”? ¿Contabiliza este tiempo en pijama, que otros definirían como “hacer el vago”? ¿Qué tiempo cuenta como “tiempo”?

Al fin, me rendí en mi búsqueda de entenderlo. Llegué a la conclusión de que nadie más que uno mismo sabe lo que le hace feliz y si el subconsciente está alerta, una dejará de hacer lo que no le interesa y hará lo que disfruta. También, que las mujeres felices -y los hombres, supongo- somos personas que nos hemos aclimatado a la actividad frenética o relajada o a la soledad o a la maternidad y que, como el buen jamón, entreveramos la grasa con el momio, el tiempo propio con el trabajo intelectual, el tiempo de llanto con la acción, el tiempo de mujer moderna y lectora y tía divertida con el de madre agotada que duerme con el codo de un niño en la nuca.

El tiempo para mí, para ti y para todos, es escaso y yo creo que el truco está en multiplicarlo, reciclando cada actividad, aprovechando cada momento para buscar placer o risa, música o literatura y amor, porque de lo contrario, “el tiempo para ti” no sería más que la paliación del síntoma y no una vacuna contra la enfermedad.

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