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Tienes derecho a guardar silencio

Si eres político, alto cargo o director de una empresa, grábate a fuego un mensaje antes de darle a enviar: todo lo que digas en whatsapp puede ser utilizado en tu contra

Foto: Dennis M. Rivera Pichardo | AP

Las calles de Puerto Rico han vivido una movilización histórica. En las dos últimas semanas se han sucedido protestas, manifestaciones y huelgas pidiendo la dimisión del Gobernador de la isla, Ricardo Rosselló. Incluso grandes artistas internacionales como Ricky Martin, Residente o Bad Bunny han liderado el descontento social. ¿Y cuál ha sido la mecha que ha prendido la indignación de los puertorriqueños y ha obligado a dimitir a su máxima autoridad? Comprobar cómo se comportan sus gobernantes cuando están fuera de foco.

La publicación por parte del Centro de Periodismo Investigativo de casi 900 páginas de un chat de telegram en el que el Gobernador compartía chascarrillos con sus colaboradores reveló el machismo, la homofobia, la carencia de ética y los kilos de frivolidad con el que los políticos despachan sus asuntos. Y los puertorriqueños descubrieron que fuera de las cámaras, sus gobernantes pueden ser despreciables.

En España también hemos vivido la publicación de mensajes internos que han reflejado expresiones poco acertadas por fondo y forma. Pablo Iglesias tuvo su propio TelegramGate y aún se le recuerda ese “azotaría hasta que sangre” dirigido a una periodista. O el mensaje enviado por el entonces portavoz del Partido Popular en el Senado, Ignacio Cosidó, en el que revelaba el resultado del pacto para la renovación del Consejo General del Poder Judicial. Su alegría por controlar “la sala segunda por detrás” se tornó en tormenta cuando apareció en los periódicos.

Son conversaciones privadas, sí. Y realizadas en un círculo que se entiende de confianza. Pero como en el caso de Rosselló, ciertas manifestaciones, aun siendo en el ámbito privado, son incompatibles con el ejercicio de la responsabilidad pública.

Al político se le exige un comportamiento ético por encima del resto. Tú tienes el “privilegio” de mandar lo que quieras: el chiste de tu cuñado, esa foto picante al grupo de amigos, el improperio sobre tu jefa o el cotilleo sobre el compañero. El político no. Ni a sus amigos. Ni en su familia. Un pantallazo que enseñe que no eres perfecto puede dar al traste con tu carrera.

La política en tiempos de whatsapp tiene estos riesgos. El político quiere enviarte propaganda y tú quieres ver que le manda él a sus amigos. Quid pro quo. Exigimos transparencia para saber qué hacen nuestros representantes con el presupuesto, con quién se reúnen o qué bienes tienen. Pero tampoco hacemos ascos si nos abren una mirilla a cómo se comportan en la barra de bar. Hay que vigilar si son tan exquisitos en privado como demuestran ante las cámaras.

En La sociedad de la transparencia el surcoreano Byung-Chul Han nos enseña el reverso de todo este gran hermano de cara amable. A base de llenar las redes sociales con nuestra vida hemos difuminado la línea entre la esfera pública y la privada. Ya es un todo común. Especialmente para un político: no hay nada que pueda decir o hacer en su intimidad que no sea susceptible de tener repercusión pública.

Estas son las reglas del juego. Para un político no existe la privacidad, ni siquiera en su teléfono. Y en el imperativo de transparencia que nos rige se demanda algo más que información: queremos perfección. No hay nada que se justifique con el derecho a la intimidad. Twitter está ávido de espectáculo y repleto de personas que pasarían con nota el escrutinio público de su teléfono en la era del neopuritanismo.

Si eres político, alto cargo o director de una empresa, grábate a fuego un mensaje antes de darle a enviar: tienes derecho a guardar silencio. Todo lo que digas en whatsapp puede ser utilizado en tu contra.

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