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Tierra 'hooligan'

"Parece que habrá un acuerdo de salida entre el Reino Unido y la Unión Europea. Aún así, el divorcio es inminente"

Foto: Kirsty Wigglesworth | AP

Cuando quedaban dos semanas para que el naufragio geopolítico voluntario más inexplicable en lo que va del siglo se concretara, llegó el anuncio del tan anhelado acuerdo. “Reino Unido”, “UE” y “acuerdo” en los titulares. Cuando los británicos estaban a punto de conocer el precio real de haberse creído el discurso político incendiario de los euroescépticos, propio de cualquier cantaleta zonza hooligan eructada en un partido de fútbol, el oxígeno llegó: un pacto para desencallar el Brexit. Cuando estaban a nada de darse de bruces con el asfalto de la realidad, después de haberse lanzado al vacío con la Union Jack (rajada en dos) como paracaídas, Junker tuiteó: “Where there is a will, there is a deal”.

Hoy, parece que la peor versión posible entre la separación británica y el resto de Europa ha sido frenada. El anuncio de la salida negociada llegó como un tronco flotando entre las olas. Aún así, me asaltan las sentidas palabras que John Carlin escribió justo después del apocalíptico referéndum de 2016. El periodista inglés (dispuesto a solicitar la nacionalidad española —la de su madre—, tras la vergüenza por el triunfo leaver), publicó en El País varias piezas mostrando su profunda indignación: “Inglaterra, país hooligan”, una de ellas. No escatimó en dardos hacia Boris Johnson y hacia la cúpula de UKIP (a Nigel Farage lo tildó de borracho). Pero, sobre todo, sus duras líneas referían al perfil del votante pro Brexit: alguien con mentalidad de hooligan. Equiparó el populismo ramplón de los euroescépticos —estancado con paz lacustre en la sociedad británica (el autor culpó directamente a los ingleses)—, con el efecto que tiene la cerveza en los ultras: algo que les idiotiza, les envalentona y que saca lo peor de ellos. Solo que, en el presente caso, el vandalismo fue más allá de las gradas: se hizo presente en el ejercicio democrático durante el (tan cuestionable) referendo propuesto por David Cameron.

“Los conozco… se congregan en el centro de una ciudad, se emborrachan (deporte nacional por encima del fútbol)… gritan obscenidades sobre las selecciones rivales… y cantan Britannia rule the waves, una alusión al glorioso pasado imperial…”, escribió entonces Carlin.

Hoy, al transcribir sus palabras, dudé: ¿hablaba sobre fanatismo futbolístico o fanatismo político? Me parece, por desgracia, que de ambos.

Este texto, estimado lector, lo escribo desde Wooler (Northumberland), en la Inglaterra profunda, durante el que parece ser el último octubre europeo para los súbditos de Isabel II. Lo hago justo después de haber bebido café y charlado en el Cheviot Centre con “los únicos tres remainers de Wooler” —como se autodenominan—, y extraigo lo siguiente:

-Después del referéndum…

-“División. Muchos ya no hablan sobre el asunto. Esta es una localidad granjera, con mentalidad conservadora. Nadie debate, nadie cede. Muchos de los que votaron contra Europa desconocen el impacto económico de su decisión, sobre todo para sus negocios”. Respondió ‘Bob’.

-¿Faltó información?

-“Conozco gente que aún dice: “No sabía realmente lo que hacía cuando voté para salir de la UE”. La realidad es que muchos solo leían los titulares de The Daily Mail. Mucha información estuvo y está manipulada”. Respondió ‘Nancy’.

La charla fluyó hasta que pregunté sobre uno de los titulares pasados del diario antes mencionado: “Take it or leave it” (lanzó rebosante en bravuconería el premier sobre a la estrambótica propuesta en la que Irlanda del Norte quedaba como moneda de cambio ante otro de los chantajes para la concreción urgente del Brexit). Y entonces llegaron el silencio y las caras rotas.

Hoy, en pleno 2019, muchos ingleses siguen sin soportar que las palabras “frontera” e “Irlanda” aparezcan en una misma oración. Sí, “frontera” e “Irlanda”. Believe it or not.

“Los negocios deben prepararse para el Brexit, antes del 31 de octubre…”, suena en la radio. Cada cinco minutos.

Uno de los restaurantes predilectos de los habitantes de Wooler es el italianísimo ‘Milán’. En el bar ‘No. 1’, a partir de las 15:00, comen ‘tapas españolas’. Beben vino riojano y Chianti toscano. Consumen plátanos de Canarias. Y en sus pubs sirven birra Moretti…

Hace un par de semanas, un duro editorial de The Guardian comparaba la demagogia pedestre de Boris ‘el despeinado’ con la vileza de echar arsénico al agua. Las preocupantes palabras del rotativo británico replicaban las del Banco de Inglaterra, que augura un shock económico de magnitudes similares las de la crisis mundial de 2008, en caso de un Brexit duro. En pocas palabras, la caída del PIB hasta en un 5,5%. Escalofriante.

Me despido de mis amigos remainers, que se lamentan porque quienes hoy le dan la espalda a Europa mañana no estarán para arrepentirse de ese cambio de opinión. Sí, porque, como ellos mencionan, “los que hoy quieren irse son los que en 1973 celebraban la entrada a la entonces Comunidad Económica Europea”.

Qué pena.

Parece que habrá un acuerdo de salida entre el Reino Unido y la Unión Europea. Aún así, el divorcio es inminente. El fracaso se puede disfrazar, al igual que un hooligan puede vestirse de traje.

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