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Tierra mojada

Mi abuela se levantaba muy temprano el día 25, cuando el resto del mundo aún dormía. La noche había transcurrido ruidosa: un marido, seis hijos, cuatro nueras, dos yernos, diez nietos, algunas estrecheces y tres o cuatro achaques físicos. Ahora ella paseaba por el jardín sin que nadie lo supiera. Se arrastraba ajena bajo los árboles de aquella casa infinita, ni siquiera las condiciones extremas del diciembre de la meseta le impedían agachar la cabeza y seguir caminando. Sin que nadie lo supiera, sí, hasta que yo, por aquel entonces apenas diez velas en la tarta, me la encontrara en semejante trance una de aquellas mañanas. Recuerdo que con lo puesto salí afuera y ella, sorprendida, tardó en hacerme partícipe de su ritual lo que tarda una abuela en abrigar su nieto. La Navidad se forma gracias a los distintos rituales, supongo, y a mi abuela debió de apetecerle compartirlo. No recuerdo de qué hablamos, ni recuerdo por qué nos provocaba placer un acto tan simple como es pasear por el jardín una mañana de diciembre. Sin embargo, en la memoria todavía guardo el olor a tierra húmeda sobre aquellos pasos. No tengo claro de dónde llegaba, pero ahí estaba ese olor, para siempre. Tres veces más repetimos aquel paseo antes de que se marchara un día de manera inesperada, cuando una curva cerrada se interpuso entre nosotros y aquellas mañanas de Navidad cómplices.

Han transcurrido ya unos cuantos veinticincos desde entonces, no importa cuántos. Se escapan algunos de los que montaban ruido aquel año, pero llegan otros. La memoria, claro, ejerce su selección propia a cada golpe de presente, y aquellos paseos amenazan de vez en cuando con perderse sin remedio en algún rincón inaccesible. Pero dicen que nada potencia la memoria como un olor aspirado a tiempo, así que sólo hace falta que vuelva a mí, cada año, el olor a tierra húmeda para que revivan como por arte de magia los instantes que perdimos. Ahora, con el peso de los años encima, creo que por fin sé lo que hacía mi abuela durante aquel paseo: recordar. Por desgracia, se marchó sin que yo supiera si ella quería formar parte de instantes, de recuerdos, de columnas, de pasados. Así que ahora soy yo el que decide, y el que disfruta creyendo que lo único que le hubiera gustado es que yo siguiera paseando por el jardín una mañana de diciembre. Creo que, a pesar de que ya no queden jardines cerca, a mi manera lo sigo haciendo, aunque sólo sea por las siete veces que he incluido el término “recordar” (o equivalentes) en esta columna. Ocurrirá en muchos lugares, y no necesariamente a través del olfato. Un antiguo acordé, el sabor de una especia olvidada, la foto amarillenta escondida en el cajón. La humanidad seguirá paseando. Decía Dickens que los recuerdos y las velas brillan más en Navidad, y puede que mi abuela y yo estemos de acuerdo.

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