Javier Dominguez Reguero

Tierra quemada

A algo más de 100 kilómetros de la capital Santiago de Chile, un incendio se desataba en el Camino de la Pólvora. El humo teñía los cerros de Mariposa, La Cruz, Las Cañas y El Vergel en el extrarradio de la ciudad porteña. El viento organizaba la jugarreta teniendo al vertedero del Molle como aliado.

Opinión

Tierra quemada

A algo más de 100 kilómetros de la capital Santiago de Chile, un incendio se desataba en el Camino de la Pólvora. El humo teñía los cerros de Mariposa, La Cruz, Las Cañas y El Vergel en el extrarradio de la ciudad porteña. El viento organizaba la jugarreta teniendo al vertedero del Molle como aliado.

Era un sábado cualquiera. Se jugaba la decimoquinta fecha del Clausura y en San Carlos de Apoquindo la Universidad Católica conseguía un triunfo frente a Antofagasta, intentando que los albos de Colo Colo no ganasen el campeonato. Tarde de fútbol mientras Valparaíso se quemaba.

A algo más de 100 kilómetros de la capital Santiago de Chile, un incendio se desataba en el Camino de la Pólvora. El humo teñía los cerros de Mariposa, La Cruz, Las Cañas y El Vergel en el extrarradio de la ciudad porteña. El viento organizaba la jugarreta teniendo al vertedero del Molle como aliado.

La ciudad se tomaba el café en la terraza de un hotel de Cerro Alegre y en El Pimentón se fregaban los platos de la comida casera del almuerzo. Era temprano todavía en la “joya del Pacífico” para ver la montonera que siempre se forma para la chorrillana de J.Cruz, y el bar La Playa se preparaba para el carrete de cada sábado. El reloj marcaba algo más de las cuatro de la tarde cuando la alegría de Valparaíso se tostó.

Sus casas de colores, salpicadas entre los más de 40 cerros que componen la ciudad Patrimonio de la Humanidad, se ensuciaban de ceniza mientras se declaraba la alerta roja. La mezcolanza de las fachadas se volvía anaranjada, reflejo de una bola incandescente que se hacía cada vez más grande. La ola de humo se extendía hacia el mar. Las calles y paseos que se retuercen bordeando los cerros y que pierden al visitante se llenaron de miedo e imposibilitaron el acceso de los bomberos. Los ascensores característicos de la ciudad subían hacia los miradores de la tragedia y La Sebastiana, triste, se daba la vuelta para mirar al fuego. La bohemia de Valparaíso se paró para socorrer a los vecinos y antes de la medianoche se declaraba el Estado de Excepción.

La noche de chelas se tornó carreras e intentos para salvar lo que fuera. Algunos perdieron todo en una madrugada sonámbula. El amanecer dejó a la vista la malaventura: 16 fallecidos, más de 500 casas quemadas y miles de evacuados en una pesadilla que todavía continua.

Nunca Valparaíso se iluminó de forma tan cruel. Ojalá fuera una ilusión de la noche de fin de año, donde la ciudad se enciende sin daños de por medio.

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