THE OBJECTIVE
Andrea Mármol

Titulares expiatorios

A veces es el miedo a pecar de egocéntricos. Otras, la enorme dificultad de tomar la distancia requerida con la circunstancia particular. El caso es que una sociedad no tiene forma de constatar si, como reza la muy manida maldición oriental, es víctima o no de los tiempos interesantes. Para mitigar las dudas, no parece un mal proceder el de asomarse a la prensa: no tanto a su dimensión relatora de la realidad como a su acusada habilidad camaleónica. Y es que la actualidad de los asuntos públicos es cada vez más patrimonio del periodismo de sucesos.

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Titulares expiatorios

A veces es el miedo a pecar de egocéntricos. Otras, la enorme dificultad de tomar la distancia requerida con la circunstancia particular. El caso es que una sociedad no tiene forma de constatar si, como reza la muy manida maldición oriental, es víctima o no de los tiempos interesantes. Para mitigar las dudas, no parece un mal proceder el de asomarse a la prensa: no tanto a su dimensión relatora de la realidad como a su acusada habilidad camaleónica. Y es que la actualidad de los asuntos públicos es cada vez más patrimonio del periodismo de sucesos.

Hace dos semanas una colaboradora de la televisión pública catalana -que ahora no cuenta los hechos sino que los provoca- prendió fuego en directo a una Constitución Española en el tramo final de su programa matinal. Un suceso que recuerda a esos casos de novela negra en los que el crimen queda en familia, pues nadie de la cadena -¡ni de la audiencia!- consideró que aquello merecía reprobación alguna. Cierto es que no existe novedad alguna en el hecho de que TV3 niegue la condición de ciudadanos de que gozan los catalanes y los prefiera con cencerro, pero ése sería un titular demasiado apático para los periódicos de hoy. Sin embargo, el periodismo sí se muestra servicial para humanizar a los tejedores del episodio y saca en los titulares que la televisión pública se disculpa por la ‘protesta simbólica’. Como obviando la insinuación.

Otro ejemplo que da cuenta del alcance de la podredumbre mediática viene también de la mano del nacionalismo catalán, que no pierde la oportunidad de hacer gala de su condición pionera en el desorden público español. Doscientos agitadores suscribieron un texto en defensa de una Cataluña monolingüe con una considerable carga xenófoba para con la lengua española. Al poco, un diario de ámbito nacional echaba un cable al nacionalismo catalán y titulaba«Puigdemont se desmarca del manifiesto sobre el catalán». Acercarse a asuntos como éstos soslayando su dimensión pública nubla la capacidad de los medios para relatar lo que es obvio: la salida de tono de los lingüistas es consecuencia directa de las políticas llevadas a cabo durante más de treinta años por un partido político cuyo máximo representante es Puigdemont, quien desde su posición no sólo alienta sino que da cobijo a las ideas del manifiesto. Del mismo modo, el espectáculo de la colaboradora de TV3 no es más que la evolución natural de un canal de televisión que pondera desde su nacimiento las intervenciones en catalán de la ‘sociedad civil’.

Es motivo de alarma el hecho de que se consuma la realidad política del país como una sucesión de episodios dignos de sanatorio, quizás la que nos advierte de esos tiempos interesantes. O sea: peligrosos. Mientras, algunos querríamos aspirar a encontrar titulares expiatorios exclusivamente fuera de la vida pública: «[el asesino] siempre saludaba». De cuando las señoras humanizaban a sus vecinos y no los periodistas a sus futuros representantes.

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