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Todas las cosas vuelven al fuego

Hay cosas que parecen inmortales porque, de una manera misteriosa, apelan a todos los hombres

Foto: Geoffroy Van der Hasselt | AFP

Ni siquiera duran las cosas que parecían permanentes. Estoy en casa, viendo cómo se quema Notre Dame en streaming. Qué cosa más rara. A decir verdad, está ardiendo con hermosura. Es lo justo, supongo. “Todas las cosas nacen del fuego y vuelven a él”. Cuando leía en los periódicos que los bomberos temían que la piedra se desplomase, he hablado con mi padre y le he dicho: “Papá, te vas a morir sin ver Notre Dame”. Esto ayer no se podía decir.

Hay cosas que parecen inmortales: la Novena de Beethoven, la Comedia, algunos cuadros del barroco, la Ilíada y la Odisea, Durero, el libro octavo de madrigales de Monteverdi. Lo son porque, de una manera misteriosa, apelan a todos los hombres. Borges, cuando se quedó ciego y aprendió sajón, dijo que sentía que “estaba recuperando la lengua de sus antepasados, la lengua que él mismo había hablado con otro nombre”. Uno puede asombrarse con la misma luz coloreada que vio un tonelero de 1300, un jacobino de la revolución, dos docenas de monjas, Napoleón, Josefina, los comuneros, Víctor Hugo o un turista que lleva sandalias y calcetines. Puede sentir que es, de algún modo, todos ellos; sentirse, en definitiva, un ser humano: asociado al destino de todos.

Pero, “a veces deseamos cosas imposibles, como cuando deseamos la inmortalidad”. La cita es de Aristóteles. En una tarde se pueden perder ocho siglos, ya lo han visto. No soy uno de esos romantizadores del arte (ya saben, esa gente que sangra leyendo y que se siente conmovida todo el rato), pero estoy profundamente triste. ¡Y eso que detesto París! Lo estoy porque cuando pasan estas cosas el mundo se hace más estrecho.

No sé qué se recuperará y qué se perderá. He leído que se han perdido los órganos y que las vigas que han ardido fueron taladas en 1160. Todo ello se puede remediar y podemos fingir, entre unos y otros, que es lo mismo. Muchas de las cosas que creímos que estaban allí siempre son del siglo diecinueve. Es curioso que la aguja, que se ha desplomado, tuviese reliquias de san Dionisio y santa Genoveva para proteger el edificio. Se ve que los santos tenían hoy la guardia baja.

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