Jorge Freire

Todo santo es culpable

«No hay ídolo sin idólatras. Entronizan al primero que aparece y lo defenestran en cuanto sale rana. El ídolo es espejismo sin realidad, sombra en la caverna. Por eso no hay imbécil más superlativo que el fan»

Opinión

Todo santo es culpable
Foto: SUSANA VERA| Reuters

Cada día, un santo cae de su peana. Ora la actriz que farolea delante del periodista, siempre presto a «dar voz a todos los bandos», motivando la intervención de una escuadra de verificadores de datos; ora el deportista que infunde valores, no importa cuáles, y es pillado chutándose estricnina, testosterona y elasticina. Da igual que el becerro sea de oro o de cartón piedra: lo importante es que, llegado el momento, quepa en la basura. Dudo que Miguel Bosé o El Rubius sean ahora tan malos; también dudo de que antes fuesen tan buenos. Pero ya sabemos que, en lo tocante a los famosos, del amor al odio hay un paso. Jardiel Poncela trató de sacar una foto a Katharine Hepburn, a la que veneraba con unción, pero esta, que iba mal vestida y sin maquillar, salió corriendo. ¡Gilipollas, gilipollas!, le gritó Jardiel.

No hay ídolo sin idólatras. Entronizan al primero que aparece y lo defenestran en cuanto sale rana. El ídolo es espejismo sin realidad, sombra en la caverna. Por eso no hay imbécil más superlativo que el fan. El Islam castiga la idolatría (shirk) porque esta deriva de la raíz etimológica de compartir: intolerable sería que Alá compartiese substancia sagrada con cualquier andoba que pasase por ahí. Con todo, solo puede adorar quien no sabe admirar. Cuando se esfuma lo venerable, solo queda el fanatismo. Pero este, burla burlando, también acaba esfumándose. ¿No eran dos los milagros que, en tiempos idos, exigía la Santa Sede para la canonización? Pues bastó uno solo, el «milagro económico» de los noventa, para elevar a las alturas a quien, vae victis, aparece hoy en prensa como un ídolo caído, procesado por la justicia a pocos meses de su salida de Soto del Real. Vivir para ver…

Uno de mis santos, aunque sin peana, es Secondino Tranquilli. Encerrado en una cárcel española, se cambió el nombre a Ignazio Silone cuando contaba con 23 años. El nombre, inspirado en Ignacio de Loyola, cristianizaba el apellido pagano, que derivaba de un legendario jefe marso. Para entender su paradoja, nada hay como la peripecia de Pietro Spina, en las novelas Pan y vino La semilla bajo la nieve, antes de convertirse en el cura Paolo Spada: la espina política se trueca en la espada religiosa. «Lee mis libros -dejó dicho Silone-, pues solo en ellos me reconozco». Socialista sin partido, cristiano sin iglesia, celebraba haber nacido el 1 de mayo, «el mes consagrado a la Virgen María», aunque, tal y como ha documentado Stanislao G. Pugliese en Bitter Spring (Farrar, Straus & Giroux), en realidad nació el 30 de abril. Es revelador, cuando menos, que eligiese el día de los trabajadores. Irrevocable fue su toma de conciencia política en su Abruzo natal, cuyas miserias describía en Fontamara: a la cabeza está Dios, luego el príncipe, después nada, luego nada, después todavía nada, y luego, ya, los campesinos. En ese cafarnaúm de misticismo, latifundios y pobreza, se le vino la iluminación: el socialismo era una manera de servir a Dios.

Andando el tiempo, Silone se convertiría en el mayor escritor de Italia. Hoy nadie lo lee. Quería ser un santo, como su alter ego Spina, a despecho de lo poco apetecible que resultaba «ser exhibido en un altar tras tu propia muerte y ser reverenciado por gente desconocida, sobre todo viejas feas». Hoy, sobra decirlo, no aparece en el santoral. Descendió a los infiernos de la cultura cuando, a fines de los noventa, se descubrió que había hecho de espía para la policía fascista. Su nombre es anatema. Cierto es que la inteligentsia italiana ya lo había condenado en vida: ni la derecha toleraba su izquierdismo, ni la izquierda perdonaba su anticomunismo. Dar con sus libros es hoy una tarea ímproba. Pero así están las cosas: los idólatras se rasgan las vestiduras y los pedestales se quedan sin ídolos. Como dijo Orwell, todo santo debería ser juzgado culpable hasta que se probase su inocencia.

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