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Todos los hombres de la vicepresidenta

Foto: Juan Carlos Hidalgo | EFE

Al calor del contexto mediático presente, la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, dijo hace unos días que sabe “cómo funcionan los hombres”, y seguidamente -quizá con ánimo de tranquilizar al respetable- declaró que la mayoría son decentes. No sabemos si realmente lo piensa, pero sabemos que sus palabras contribuyen a extender la idea en boga de que la masculinidad es irremediablemente tóxica. Por supuesto, se trata de una masculinidad abstracta, sin matices. El feminismo actual acepta unánimemente la tesis de que la base del comportamiento asociado a un género no es la biología, sino la cultura y la socialización. Es más, quien osa reivindicar que la biología juega algún papel en la identidad de género es prontamente silenciado. Por esta razón resulta tan sorprendente que las opiniones que se escuchan sobre “los hombres” sean aún tan primitivas. ¿Por qué se habla de “los hombres” con semejante simpleza y tosquedad?

Es común para determinadas personas, en su afán gregario, crear un hombre de paja, una simplificación grotesca, al que atribuir todos los males colectivamente sufridos. Así, “los hombres” que encajan en la caricatura –los violentos y machistas-, serán la epítome de la masculinidad, mientras que la mayoría no suma ni cuenta. Huelga decir que estos juicios avalan la definición más rancia y arcaica de masculinidad. El hombre, ya sabemos cómo es.

Coincidimos en que es absurdo abarcar la personalidad de las mujeres apelando al estrógeno, sin embargo, se acepta que el hombre es poco más que testosterona envuelta en piel y hueso. En el caso de los varones, sí basta la bioquímica para definirlos a todos y explicar su epistemología. Es triste que haya que recordar que “los hombres” no son un colectivo monolítico, y que la masculinidad normativa no existe en un vacío cultural, sino que –como la feminidad- se construye en entornos institucionales y socio-culturales específicos.

Supongo que cuesta entender que, lejos de beneficiarse del patriarcado, muchos hombres se ven perjudicados por él. La mayoría de los hombres no son Harvey Weinstein, ni siquiera machos alfa. Y tampoco tienen ganas de someterse a los estándares de la sociedad occidental. No sólo no poseen “la ambición de descollar entre sus semejantes y señalar con rastro de luz su paso por el mundo”, que decía Pardo Bazán; a muchos ni siquiera les gusta el fútbol. Y la sociedad también espera de ellos una rutina normativa que no siempre están en disposición de cumplir.

Habrán escuchado mil veces la “parábola del micro-machismo”: un hombre y una mujer entran en un bar y piden una Coca-Cola y una cerveza. El camarero, en un presunto automatismo patriarcal, le sirve la cerveza a él y la Coca-Cola a ella. Es el momento en que la mujer se indigna y denuncia vivamente tamaña afrenta: -“¿Acaso una mujer no puede beber cerveza?”. Y yo siempre pienso: “¿Y acaso un hombre no puede beber Coca-Cola?”

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