THE OBJECTIVE
José Carlos Llop

Todos los juegos el juego

«Hay una felicidad narrativa en las novelas de Pérez Reverte que abarca todos los tiempos, pero se centra y expande desde algunos de los mitos que poblaron la infancia de varias generaciones»

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Todos los juegos el juego

Berenice Bautista | AP

Hay una novela de Patrick Modiano titulada Vestiaire de l’enfance, algo así como el vestidor, el guardarropa o el cuarto de armarios… de la infancia. En España se tradujo primero como una obra de Debussy, El rincón de los niños (Alfaguara) y después como Ropero de la infancia (Anagrama). Hay una parte de la infancia que nunca nos abandona aunque hayamos dejado de ser niños y salido hace mucho tiempo de ese lugar que ya no existe. O sea que como ropero de la infancia está muy bien, pero el rincón de los niños implica, por muy cuarto de armarios que sea, que es un lugar donde los niños juegan, apartados de los mayores. En casa de mis abuelos maternos este lugar era la llamada sala de costura, junto al pasillo, precisamente, de los armarios. Allí era donde podíamos desplegar, sin alborotar ni desordenar los espacios de los mayores, nuestros soldados de la II Guerra Mundial, los caballeros de la Tabla Redonda, los indios apaches, los elefantes de Aníbal –sólo teníamos uno, blanco, pero en las batallas imponía mucho–, los romanos y los tramperos. También los tanques, las cuadrigas, una diligencia y los primitivos coches de carreras, que hacíamos competir con un dado e íbamos avanzando por ladrillos según el número obtenido (nunca tuvimos Scalextric, ni recuerdo que lo echáramos en falta). 

Como ven, aquella ‘sala de costura’ –en realidad se utilizaba el diminutivo ‘salita’– daba mucho juego y para mucho juego. Había también un diván –al llegar a Freud no nos vendría de nuevo– y un canterano o cómoda donde ardía eternamente una lamparilla de aceite frente a la figura del Sagrado Corazón. Y como propio de la casa, no importado por los nietos, (además de la máquina de coser, que bautizaba aquel espacio), una caja de madera forrada de piel negra donde había lo necesario para improvisar un altar y jugar ‘a misas’, que era un juego muy católico, no sé si tridentino, pero que también incorporaba el ejercicio de ceremonias y rituales. Esa caja estaba en uno de los cajones de la cómoda y debíamos pedir permiso para incorporarla a nuestros juegos. Nunca nos lo negaron, aunque ninguno de nosotros tuvo después vocación religiosa. Lo digo por las teorías en boga ahora.

En aquella sala no se leía. Leer, leíamos en soledad, en casa de nuestros padres o en la misma casa de nuestros abuelos, pero únicamente cuando estábamos solos, sin primos que nos acompañaran. La lectura era y es un placer solitario, pero no sé si aquellos juegos ilustraron después las aventuras relatadas por Dumas, Hergé, Salgari, Verne, Karl May y tantos otros, o si fue al revés, que aquellas aventuras leídas ponían algo de orden y concierto en nuestros juegos. Lo que sí sé es que hay una parte de la literatura, propia y de los demás, que también se incuba en ese Vestiaire d’enfance y que desde allí ejerce el papel de sala de máquinas, o de uno de los poderosos carburantes que animan esa misma sala de máquinas. Lo contó muy bien Fernando Savater en La infancia recuperada. No ocurre en todos los escritores, pero en aquellos que ocurre con mayor visibilidad, tanto la escritura como su resultado se nos presentan como grandes dones de la felicidad. Y cuando digo presentan quiero decir que lo son sin disimulos, ni construcciones intelectuales a posteriori, ni sofisticados andamiajes teóricos. 

De entre los escritores que conozco, el caso más evidente es el de los libros del novelista Arturo Pérez-Reverte. Hay una felicidad narrativa en las novelas de Pérez Reverte que abarca todos los tiempos, pero se centra y expande desde algunos de los mitos que poblaron la infancia de varias generaciones. Que vistieron, en fin, ese cuarto de los niños o ropero de infancia y por eso hay en ellos una fuerza y un entusiasmo familiar al del explorador al adentrarse en tierra virgen. Resucitar a la malvada Milady o al Cid, que también habitaron el ropero de la infancia; revivir –Diego de Acevedo en la memoria– el Dos de Mayo y el asedio de Cádiz por los franceses. O la batalla de Trafalgar o la aventura de la Ilustración en España (como si La Enciclopedia fuera el Arca perdida). Introducirse en la Guerra Civil, sin complejos, desde el grado cero del espionaje y el crimen político, enlazando la Europa de los años 30 con la España de la guerra civil. Sin olvidar su obertura conradiana, con El húsar, que anunciaba tanto su devoción por los principios del XIX como la gran capacidad de divertirse –digo divertido en el sentido ferrateriano, es decir, inteligente– y apasionar a sus lectores. Ni dejar de lado su revisión de la decadencia de la España del siglo XVII con la técnica del folletón, en las aventuras de Alatriste. Y hay en todo eso –en la poética que revela el reverso del tapiz revertiano– una levedad similar a la de los juegos en el Vestiare de l’enfance: la misma curiosidad, la misma pasión, la misma inocencia en sus personajes, por vividos y gastados que estén. 

Todos los fuegos el fuego tituló Cortázar uno de sus libros de relatos. Todos los juegos el juego: de los juegos de infancia al mejor juego de la vida adulta: ese que reúne todas los relatos de la humanidad desde que descubrió el lenguaje y así fue configurando la única memoria que ha de permanecer.

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