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Todos los Santos frente a Halloween

Foto: GARY CAMERON | Reuters

Mi postura sobre si incorporar nuevas celebraciones a nuestro calendario apenas ha cambiado desde que tomé una temprana decisión al respecto, allá por mis seis años de edad, ante la entonces palpitante polémica de si instaurar en España los regalos de Papá Noel junto a los más tradicionales de Reyes. Sí, soy partidario de introducir festividades novedosas (¡y sus regalos!), que bastantes afanes acarrea la vida del hombre sobre la tierra y demasiado contados están sus días como para privarlos de uno u otro dulzor. Por tanto, y aunque este artículo puede reputarse como una cierta crítica de Halloween, avanzo ya que mi argumento contra esta fiesta no será misoneísta: tiendo a contemplar las cosas nuevas con simpatía y esta se acrecienta si son festivas.

Tampoco denostaré Halloween por tratarse de una fiesta importada de lejanas tierras y gentes ajenas: ¿qué fiesta no lo es? La Navidad conmemora el nacimiento de un niño judío; los Reyes Magos procedían del aún más lejano Oriente; la Semana Santa tiene que ver con hechos acaecidos en Jerusalén; la Inmaculada Concepción, con un dogma proclamado en Roma. Pienso en las cosas que celebramos en mi ciudad, Salamanca, y solo se me ocurre una del todo autóctona: no el día del patrón (San Juan de Sahagún, cuyo nombre testimonia ya origen foráneo); tampoco la pequeña ceremonia con que cada 31 de diciembre recordamos la defunción de Unamuno, nuestro vasco; sino solo lo que llamamos “Lunes de aguas”, fiesta vivaracha mediante la que antaño festejaban nuestros estudiantes el ansiado retorno a la ciudad de las prostitutas expulsadas de ella por Cuaresma, y que hoy se ha adecentado como merendola familiar menos desenfadada, pero por igual sabrosa, en campos, parques, prados, ejidos, alcores, riberas o cualquier terruño con follaje que nos consienta algún esparcimiento.

Prescindiré también de vilipendiar Halloween por su cariz pagano: el próximo 6 de diciembre conmemoraremos el cuadragésimo aniversario de una Constitución que tampoco es religiosa; el día de Año Nuevo no da inicio al calendario litúrgico, sino al de los gentiles de Roma; y la mayoría de nuestras festividades autonómicas conmemoran referendos democráticos o derrotas militares con poco de pío.

Es más, inspiran cierta ternura cuantos, poniéndose muy católicos, caen en la contradicción de creer que entonces deben impugnar todo lo que no sea catolicismo estricto. Porque si algo ha caracterizado a los católicos frente a, por ejemplo, sus vecinos protestantes es su gran capacidad para incorporar piezas paganas a su religiosidad, en vez de repulsarlas. Y por eso tenemos figuras de carnal belleza clásica en los templos católicos (pero no protestantes); por eso proliferan las vírgenes o cristos católicos donde antaño se adoraron antiguas deidades (pero no ocurre así en tierras protestantes); por eso abundan romerías y peregrinaciones de católicos como se hacía en la Grecia o Roma clásicas (pero no así entre protestantes).

Sin embargo (y voy ya hacia mi argumento central) sí que hay un motivo “católico” para preferir Todos los Santos a Halloween: aunque se trata de un motivo estético, no de uno rigurosamente religioso. De hecho, se lo debemos a un autor no católico, pero que captó como pocos en qué consiste la sensibilidad típica del catolicismo. Me refiero al italiano Mario Perniola y su obra (aún no traducida al castellano) Del sentire cattolico. La forma culturale de una religione universale (2001).

Perniola identificó ahí como típica del “sentir católico” la predilección por ayudar a aquellos que no nos podrán devolver jamás tal ayuda. Lo cual la hace especialmente generosa. ¿Y quiénes son los que menos probabilidades tienen de pagarnos favor con favor, ayuda con otra (futura) ayuda? Dos grupos: los pobres y los muertos. Ello explica que en el catolicismo se dé tanta importancia a los necesitados, a las limosnas, a las obras de misericordia para con el mendigo, a los votos de pobreza; a veces, sin duda, hasta excesos pobristas que con acierto ha criticado nuestro Antonio Escohotado. (O excesos populistas que otro italiano, Loris Zanatta, lleva años denunciando en el papado de Bergoglio).

Pero, en cualquier caso, el influjo de nuestra cultura católica está ahí: mientras que en naciones con antecedentes calvinistas (Reino Unido, EEUU, Holanda, Suiza) predomina la tendencia a responsabilizar al pobre de su pobreza (entre otros motivos, porque se cree que así podrá sacársele antes de ella), y mientras que en los países luteranos (Escandinavia) se le insiste en que trabaje a cambio de cualquier ayuda, en cambio los países católicos del sur de Europa tendemos más al mero asistencialismo y a echarle las culpas a “la sociedad”. Nuestro auxilio al pobre, incluso en tiempos del Estado de bienestar socialdemócrata, sigue marcado por la idea católica de que al socorrerle sin que él nos devuelva nada a cambio brilla una peculiar virtud.

Y si es loable ayudar al pobre porque no nos lo va a poder reembolsar desde su miseria, qué decir de los muertos desde su muerte. Hacer cosas por los fallecidos (plegarias, indulgencias, novenas, procesiones por las ánimas del purgatorio) se convierte en una seña de identidad católica frente a todos los demás cristianos (protestantes, ortodoxos, coptos): lo cuales, para empezar, no creen que exista ese lugar, el purgatorio, en que los difuntos aún puedan recibir favores nuestros.

Esta sensibilidad por los que no pueden ayudarnos (los más pobres entre los pobres: los muertos) explica días como el de Todos los Santos o el de los Fieles Difuntos. Jornadas en que la tradición marcaba cosas (visitar cementerios, asistir a misa, aderezar crisantemos, comer huesos de santo) ciertamente más aburridas que los ocurrentes disfraces de Halloween. Pero ese es el secreto: los pobres o los muertos no están ahí para que nos lo pasemos bien. La muerte no es divertida, que los nuestros hayan muerto no es divertido, y probablemente no esté mal que alguna fiesta nos lo recuerde. Acaso hoy más que nunca, en que los vecindarios se pelean por no tener un nuevo tanatorio a la vista; en que hablar de la muerte queda de mal tono; y en que incluso nos gusta imaginar que los animales que nos comemos no tuvieron antes que morir.

Hemos rodeado la muerte de mentiras. Normal pues que nos guste disfrazarnos. Pero la verdad, desagradable, asoma por debajo de nuestro maquillaje de Halloween: como cantaba el rapero Mucho Muchacho, “tú vas a estar muerto mucho más tiempo que vivo”. Toma nota. Fantasma.

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