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Tomarse la libertad

Durante casi toda la andadura democrática española, el más audaz y conmovedor gesto de libertad en España fue dedicarse a la política en el País Vasco al margen del credo nacionalista

Foto: Aranberri | AP

«Se tiene la libertad que uno se toma». Lo que me gusta de esta cita de nuestro añorado Julián Marías es que hace de la libertad no un derecho ni un deber, sino una posibilidad que siempre está ahí si se está dispuesto a pagar un precio por ella, lo que explica que la libertad nunca se haya ausentado del mundo, y esté presente en todas las épocas, incluso en aquellas de opresión o despotismo, aunque en ellas el coste de ser libres se vuelva más oneroso, llegando a igualarse a veces con la vida, para el hombre o mujer que se decida a ser libre, sin recabar más autorización que la suya propia. El propio Marías es luminoso ejemplo: al negarse, tras la guerra, a jurar los Principios Nacionales del Movimiento, le fue negado el ingreso en la universidad franquista. Se tomó su libertad al precio de una cátedra universitaria y la seguridad económica a ella asociada. Pero siempre hay costes, aunque se viva en democracia. Porque la libertad, como sigue el discípulo de Ortega, «no consiste primariamente en las condiciones políticas o sociales, sino más bien en la vocación, la espontaneidad, la autenticidad, la decisión personal de realizar los proyectos sinceros, y, por qué no, el valor personal, la decisión de no aceptar las presiones, menos aún las tentaciones, las conveniencias, los estímulos externos, las modas, los prestigios y recompensas».

Durante casi toda la andadura democrática española, el más audaz y conmovedor gesto de libertad en España fue dedicarse a la política en el País Vasco al margen del credo nacionalista. Un grupo de concejales y parlamentarios de izquierda y derecha, también algunos periodistas y escritores, se decidieron a hacer valer sus creencias en plaza pública así tuvieran que pagarlo con la vida. Decidieron ser libres, porque en el País Vasco bajo ETA no se luchaba por la paz (guerra no había) sino por la libertad de quien no era un buen nacionalista vasco. El nuevo equilibrio es mejor, pero tampoco es para felicitarse mucho. Se ha apreciado durante la reciente campaña electoral. Ciertos partidos españoles se tomaron la libertad de hacer actos políticos en ciertas localidades vascas y navarras. El resultado pone crudamente al descubierto el significado que para algunos tiene la palabra convivencia: que los que eran asesinados hoy deban manifestarse con protección policial y bajo una lluvia de insultos, y los que consentían el crimen puedan seguir haciéndolo con tranquilidad y entre algodones retóricos, así sea para homenajear a asesinos (196 actos de celebración del terror contabiliza COVITE en 2019). Casi peor son los mohínes de algunos: que por qué van estos partidos donde manda otro, se preguntan. Que es como preguntarse por qué iba Martin Luther King a dar discursos a Alabama y no a otro lugar más tranquilo. Pero aciertan con la respuesta. Van a provocar, claro: las conciencias.

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