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Tormentas de mierda

Foto: Luca Piergiovanni | EFE

La diferencia entre la realidad y lo que dicen las redes sociales es que la realidad puede ser gigantesca. Lo aprendí en una librería de Granada cuando asistí —involuntariamente, pues ojeaba las novedades— a la presentación de un autor muy sonado en el enjambre digital. Tres personas conformaban el público. Perplejo, comencé a entender algo que de obvio se nos olvida: la vida feliz que se exhibe en las redes es, normalmente, la ficción que las personas idean para escapar de los días reales. Con VOX ha pasado lo mismo. Los célebres retuits, las incontables fotos de mítines multitudinarios, los lemas épicos y el ruido mediático, en fin, me hicieron pensar, como a muchos, que su irrupción sería mayor de lo que ha sido. Hoy sus votantes, verdaderos creyentes más que votantes, comentan entre perplejos y desinflados el resultado de las urnas como quien abre los ojos después de una orgía romana.

Antes el hombre actuaba, ahora teclea. Su actividad se desarrolla fuera, en un apéndice postizo, dentro de una luz rectangular. Las redes sociales propician la vomitera de las emociones más primarias. Son un medio emocional, afectivo. Dentro del iPhone todo es más extremoso, más visceral y menos sosegado. Hasta el más calmoso se radicaliza. Fuera no. La sociedad es menos bélica y todo sucede con cínica normalidad. Byung-Chul Han acierta al referirse a las denominadas tormentas de mierda o las shitstorm. Las indignaciones digitales, sostiene, no son capaces de un nosotros. Carecen de narrativa porque el enjambre digital está conformado por solitarios que se explotan a sí mismos. No hay un vínculo real en la sociedad de los solitarios. La solidaridad, en un ecosistema narcisista, es pura ficción. Igual que las revoluciones.

El problema es que cuando uno pasa más tiempo en el enjambre que fuera llega a pensar que la verdad es lo que sucede con cada tuit y que los problemas reales y más acuciantes son los que deciden las tormentas de mierda. Esta demasiada vida en el enjambre, además de la consabida merma de atención, la adicción o la fatiga crónica que deriva del exceso de información, acaba distorsionando la verdadera realidad, donde las cosas maduran y transcurren menos rápidas. Ahora, mientras escribo, sé que ya se estará gestando una nueva tormenta dentro del iPhone que descansa en un estante, entre la paz de los libros. Pero un mirlo salmodia subido en una rama, el vecino cruza el puente y pasea bajo las frondas nuevas, recién nacidas. El lunes transcurre soleadamente.

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