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Torra o el refugio del cinismo

"Quim Torra parece un bot ruso sobrexcitado, con tuits sobre su fake republic y bulos de inmoralidad superlativa"

Foto: EMILIO MORENATTI | AP

El espacio de la antigua Convergencia es el epítome de la política posmoderna: fragmentación, polarización, narcicismo y un absoluto relativismo que conduce a la confusión entre hechos y opiniones y a un total desprecio por la verdad. Sin ir más lejos, Quim Torra parece un bot ruso sobrexcitado, con tuits sobre su fake republic y bulos de inmoralidad superlativa, como el que acusa al Estado de promover los atentados islamistas de hace dos años. 

Su indecencia no tiene límites, pero lo peor es que sus seguidores se han acostumbrado tanto a las falsas promesas como a las mentiras más descabelladas. Y, en cierta medida, las aprueban. Hannah Arendt ya señaló, en Los orígenes del totalitarismo, que “en lugar de dejar de confiar en los líderes que les mintieron declararían que ellos supieron en todo momento que aquellas afirmaciones eran calumnias, y admirarían a sus líderes por su inteligencia táctica superior”. Jugada maestra.

Si Torra creyese la mitad de lo que dice, actuaría en consecuencia y dimitiría, en lugar de esconderse en el refugio del cinismo. ¿Cómo un “patriota” como él puede compartir gobierno con los impuros de ERC y PdeCat, socios de los socialistas en ayuntamientos y diputaciones? O, al menos, plantaría cara al Estado promoviendo un segundo golpe secesionista. Sin embargo, parece preferir una penosa vía intermedia, a saber, pasar a ser expresidente gracias a una buscada inhabilitación que le evite tener que elegir entre la cárcel o una fuga a su conocida Suiza.

Es verdad que no son pocos los que antes reían las gracias al separatismo, bien para gozar de una cuota de pantalla, bien porque ingenuamente creían que pidiendo la independencia conseguirían algún privilegio fiscal, y ahora sienten una íntima angustia por haber colaborado en la creación de un monstruo insaciable, un monstruo que también les engulle a ellos. Se arrepienten, pero no rectifican. Solo en privado admiten tener miedo a la masa hiperventilada. A buenas horas desarrollan cierta empatía con los sufridos catalanes constitucionalistas que llevan años denunciando los desmanes del procés.

Callan, porque el separatismo sigue siendo un negocio rentable, pero, sobre todo, porque la actual deriva macarthysta provoca miedo. A los moradores de la Generalitat les es más fácil señalar botiflers que reconocer errores. Y ahora, además, para darle un toque más distópico a todo esto, promueven un Gran Hermano más próximo al de Orwell que al de Telecinco. Pretenden llevar la agenda pujolista hasta sus últimas consecuencias vulnerando la intimidad de todo aquel, desde jueces hasta alumnos, que no se someta al nacionalismo. El ejemplo más hiriente es el espionaje a niños y niñas en las escuelas sin el consentimiento de los padres por parte de la ultranacionalista, y ultrasubvencionada, Plataforma per la Llengua. Y es que ni en el peor momento de la crisis económica dejaron de derrochar dinero público en vicios ideológicos. Curioso país este en el que las administraciones financian la destrucción de la democracia. 

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