Teresa Viejo

Trampantojo

Uno ve lo que quiere, o por lo menos lo que elige su ojo que no es más que un manipulador avanzado en el arte del engaño. Uno ve según vio alguna vez y en ese juego de espejos aparecen miedos y certezas antiguas, penas y alegrías enquistadas en lo más hondo de lo que los neuropsiquiatras llaman psique. Uno contempla una foto y el de al lado distingue en ella otro ángulo que a ti se te ha escapado o que has desestimado, porque con un vistazo ya tienes una idea. Nuestra mente también trabaja el trampantojo y nos hace olvidar que ni la verdad ni la realidad son únicas. No existe en este plano un mensaje lineal.

Opinión

Trampantojo
Teresa Viejo

Teresa Viejo

Periodista. Escritora. "Mientras llueva" mi última novela. Directora de "La Observadora" RNE. Embajadora de UNICEF.

Uno ve lo que quiere, o por lo menos lo que elige su ojo que no es más que un manipulador avanzado en el arte del engaño. Uno ve según vio alguna vez y en ese juego de espejos aparecen miedos y certezas antiguas, penas y alegrías enquistadas en lo más hondo de lo que los neuropsiquiatras llaman psique. Uno contempla una foto y el de al lado distingue en ella otro ángulo que a ti se te ha escapado o que has desestimado, porque con un vistazo ya tienes una idea. Nuestra mente también trabaja el trampantojo y nos hace olvidar que ni la verdad ni la realidad son únicas. No existe en este plano un mensaje lineal.

¿Qué ves en él? Olas. Tempestades. El temporal del Atlántico mordiendo el Canal de la Mancha con una furia impropia en esta estación. A lo mejor un faro resistiendo estoico y la luz del sol guerreando entre las nubes. Habrá quien coincida contigo o quien vea en la fotografía el desamparo de la torre de vigía; quien busque en la instantánea la salida, las escaleras de huida de un lugar acosado desde sus cuatro puntos cardinales y en ese caso más que ver, echará en falta. Parece natural plantearse quién podría sobrevivir en ese claustrofóbico habitáculo temiendo ser engullido por la siguiente ola, e inevitable sentir desasosiego. También que alguien distinga en la torre, tras los cristales empapados, el perfil de lo que podría tratarse de un ser humano -“Sí… ¿acaso no lo ves ahí?”-, y se le encogerá el corazón porque él alguna vez sufrió en un medio hostil del que parecía imposible escapar.
¿Estaría engañándose si no hubiese nadie en el faro? No, porque la potencia de esta fotografía es su energía para airear tantos matices en ella como ojos la observan.

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