José García Domínguez

Tres hurras por el Brexit

«Que los británicos se hayan marchado es lo mejor que nos ha podido ocurrir al resto de los europeos»

Opinión

Tres hurras por el Brexit
Foto: Virginia Mayo| AP
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Pese a todo el ruido y la furia que seguro lo acompañarán hasta el último minuto, tras la consumación final del Brexit no va a pasar nada, absolutamente nada. Y por dos sencillas razones. La primera, porque el mayor paraíso fiscal del planeta resulta ser una isla, pero no alguna bucólica, de esas llenas de palmeras, cocoteros y viejos escritores borrachos, sino la que todavía lleva por nombre Reino Unido de la Gran Bretaña. Y esa feliz circunstancia para sus habitantes, la de constituir refugio seguro a ojos de los tránsfugas tributarios del mundo entero, es lo que garantiza a estas horas inciertas que su principal industria nacional, o sea la City de Londres, no se va a mover jamás ni un milímetro de su ubicación tradicional, haya o no haya apaño negociado de última hora para una ruptura blanda con la Unión. A fin de cuentas, la jefa de Estado de la quinta potencia bancaria del planeta, por más señas una playa del Caribe que se hace llamar Caimán, seguirá respondiendo por Isabel II, exista o no exista trato con Bruselas. Y otro tanto pasará con esos otros vistosos disfraces de Carnaval en forma de Estadito soberano a los que tan aficionados han sido siempre los ingleses, díganse, entre otra docena de seudónimos, Bermudas, Jersey o Islas Vírgenes. No, la City, y por la cuenta que le trae, jamás de los jamases abandonará Londres.

La segunda de las razones, acaso más sencilla aún que la anterior, nos remite a las fechas del calendario. Porque ocurre que no estamos en 1930. Algo, las fechas, en lo que diríase que todavía no han reparado los centenares de desoladas plañideras que nos aburren a diario con sus cansinos presagios apocalípticos a cuenta de ese asunto. Hagamos al respecto una hipótesis contrafáctica. Imaginemos que sí estuviésemos en 1930. ¿Qué pasaría si así fuese? Pues pasaría un desastre, un gran desastre, inmenso, tanto para ellos como para nosotros. Y la razón se antoja evidente: el repentino colapso de los intercambios comerciales entre los antiguos socios a consecuencia del impacto demoledor de los aranceles mutuos. Al cabo, eso mismo fue lo que ocurrió en Occidente tras enrocarse Estados Unidos en el proteccionismo más extremo cuando la crisis del 29. Pero ese mundo, el de los aranceles punitivos, ya solo existe en los libros de historia. Aquí y ahora, pese al difunto Donald Trump, los aranceles a las importaciones dentro del hemisferio occidental, esos que en lo esencial gravan el comercio de Europa con Estados Unidos, representan un monto ridículo, insignificante. No aspiran ni a triste sombra de lo que llegaron a ser en sus tiempos de gloria. A fin de cuentas, ¿cuál es el drama de que, al igual de lo que muy pronto comenzará a ocurrir con el Reino Unido, los productos norteamericanos no puedan venderse libremente dentro del territorio de la Unión Europea sin pagar antes una propina en la aduana?

¿Alguien ha oído hablar alguna vez de que el minúsculo gravamen medio del 3% que Bruselas impone a las importaciones yanquis podría provocar un colapso en las relaciones comerciales entre ambas áreas económicas? Un 3% no es un arancel, es una broma. Bien, pues justo esa broma catalana, el 3%, es lo que también tendremos que pagarnos mutuamente británicos y europeos continentales por seguir comerciando. Insisto, ¿dónde está el horrible drama? Solo en la imaginación de las plañideras. Al contrario, que se hayan marchado es lo mejor que nos ha podido ocurrir al resto de los europeos. A fin de cuentas, ellos, e igual conservadores que laboristas, en ningún momento creyeron en serio en el proyecto político europeo. Para los británicos, la Unión Europea ideal siempre fue algo parecido a los tratados de libre comercio que firmó en su día Estados Unidos con México y Canadá, una lonja y poco más. Desengañémonos de una vez, con ellos dentro hubiera sido imposible cualquier proyecto futuro de integración política supraestatal. Al cabo, el discurso hoy común a la extrema derecha en el continente, el del retorno a los Estados miembros de competencias comunitarias vinculadas a su añorada concepción de la soberanía nacional, no es más que un remedo de la política europea de Londres durante, al menos, el último cuarto de siglo. Lo dicho, nada que añorar. Y nada que lamentar, salvo lo de las de las plañideras.

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