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Tres mil rosas

Durante 20 años, cada semana, tres rosas rojas descansaron sobre la tumba de Marylin. Llegaron cada siete días, durante más de mil semanas.

“Esa era la persona en quien se convertía cuando viajaba sin maquillaje, sin la ropa de diseñadores que le prestaban los estudios de cine, con su famoso pelo recogido debajo de un pañuelo, escondida detrás de unas gafas de leer con montura de concha. Zelda Zonk. La que leía libros. La que coleccionaba arte. La persona que Marilyn Monroe, la diosa rubia del sexo, soñaba con ser” (‘Snuff’, Chuck Palahniuk).

Al día siguiente de rodar la famosa escena de la falda y la rejilla de ventilación en ‘La tentación vive arriba’, Marylin Monroe abandonó el hotel St. Regis de la ciudad de Nueva York llena de golpes y decidida a divorciarse. La escena, que se tuvo que grabar dos veces ante la multitud congregada en la 51 con Lexington para ver a la estrella más rutilante de Hollywood, enloqueció a su marido, Joe DiMaggio, con el que Marylin apenas llevaba nueve meses casada. A pesar del arrepentimiento del exjugador de béisbol –quizá el más grande de la historia-, la separación estaba firmada. Joe escribió una carta a Marylin tratando de salvar la relación. “Dear baby”, la encabezaba. Pero los golpes no dejan lugar al perdón. O no deberían, nunca. A finales de 1954, la pareja se separó.

Nadie podría imaginar entonces que ocho años después la rubia de oro moriría rodeada de una soledad atroz.

A pesar de los celos y el divorcio, DiMaggio nunca abandonó a Marylin. Fue su paño de lágrimas ante los fracasos sentimentales de ésta durante es resto de la breve vida de la actriz. Joe nunca volvió a casarse. Tras la muerte de Marylin, celebró un funeral privado, lejos del espectáculo circense de la ceremonia pública, convertida en un acto social más en Hollywood, al que tuvieron acceso contadas personas. Ninguno de ellos perteneciente al ‘Star System’ norteamericano. Ni a la política.

Seguramente Joe DiMaggio fue la única persona que intentó saber amar a Marylin Monroe. A Norma Jean Baker. A Zelda Zonk. Con todos los injustificables defectos de su brutal modo de hacer –no dejaba de ser un jugador de béisbol hijo de una numerosa familia de inmigrantes sicilianos arribada a Estados Unidos en el arraque del siglo XX-, pero con un sentido de la lealtad tan terrible, imperfecto y antiguo como superior a cualquiera de los otros hombres de la vida de Marylin. Se llamaran Arthur Miller o John F. Kennedy. Para ellos apenas fue un brillante y efímero trofeo.

La súplica brutal y desesperada de DiMaggio vale ahora 63.500 euros. Lo dice una casa de subastas.

Durante 20 años, cada semana, tres rosas rojas descansaron sobre la tumba de Marylin. Llegaron cada siete días, durante más de mil semanas.

Tres mil rosas enviadas por Joe DiMaggio.

Para Marylin. Para Zelda. Para Norma Jean.

Pónganle precio a eso.

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