Toni Timoner

Tres paradojas de Brexit

Brexit se adentra en su recta final rodeado de gran incertidumbre. Cualquier cosa puede pasar, desde el colapso del Gobierno al precipicio de una salida sin acuerdo, pasando por un referéndum in extremis o la catarsis de unas elecciones generales. La naturaleza paradójica de Brexit hace que razonar y predecir su resolución sea una tarea enloquecedora. El Gobierno del Reino Unido encara las negociaciones lleno de contradicciones y con propuestas de difícil viabilidad y de imposible digestión política. Mientras, la opinión pública británica y la City afrontan la ordalía con su proverbial flema y con estupefacción contenida. Tres paradojas hacen de Brexit un desafío sin precedentes cuyo desenlace es el mayor enigma político de nuestro tiempo.

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Tres paradojas de Brexit
Foto: TOBY MELVILLE| Reuters

Brexit se adentra en su recta final rodeado de gran incertidumbre. Cualquier cosa puede pasar, desde el colapso del Gobierno al precipicio de una salida sin acuerdo, pasando por un referéndum in extremis o la catarsis de unas elecciones generales. La naturaleza paradójica de Brexit hace que razonar y predecir su resolución sea una tarea enloquecedora. El Gobierno del Reino Unido encara las negociaciones lleno de contradicciones y con propuestas de difícil viabilidad y de imposible digestión política. Mientras, la opinión pública británica y la City afrontan la ordalía con su proverbial flema y con estupefacción contenida. Tres paradojas hacen de Brexit un desafío sin precedentes cuyo desenlace es el mayor enigma político de nuestro tiempo.

La primera paradoja es el trilema de la globalización. En él está el origen del carácter irresoluble de Brexit. El profesor de Harvard Dani Rodrik lo formuló en 2010 al advertir que cada país en el mundo de hoy se enfrenta a una triangulación imposible de tres principios deseables pero en tensión permanente: la salvaguarda del estado nación, el mandato popular democrático y la integración en la economía globalizada. Después de casi dos años de deliberación sobre cómo formular un Brexit viable, el Gobierno de Theresa May se ha visto en la tesitura de tener que ejecutar un malabarismo con tres objetivos sorprendentemente similares y por ello irreconciliables: mantener la integridad territorial del país en Irlanda del Norte; cumplir con el mandato del referéndum de abandonar las estructuras europeas comunes de justicia, legislación y regulación y preservar un alto grado de integración económica con el mercado único de la UE.

En el marco mental de los partidarios del Brexit es posible alcanzar los tres objetivos. Para ellos es un acto de fe o, como diríamos últimamente, una post-verdad. De ahí las exigencias imposibles y amenazas kamikazes de euroescépticos como Boris Johnson o Jacob Rees-Mogg. Sin embargo, el gobierno de May ha acabado presentando una propuesta de acuerdo de salida de la UE que se resigna a aceptar la imposibilidad de resolver el trilema y tira la toalla: obliga al Reino Unido a permanecer en las estructuras jurídicas, normativas y aduaneras de la UE hasta nueva orden y a aceptar un mecanismo por el cual Irlanda del Norte podría convertirse en un protectorado aduanero de la UE. Es decir, altera el mandato popular del referéndum de 2016 (al menos por un periodo temporal) y sacrifica la soberanía territorial al poner el Ulster bajo la tutela comercial comunitaria. La reacción en Westminster no se ha hecho esperar: la furia por parte de los parlamentarios euroescépticos y la exigencia de un segundo referéndum por parte de partidarios de la UE ha sido la respuesta en una sesión parlamentaria que pasará a la historia como una de las más hostiles a la que un primer ministro británico se ha enfrentado.

Precisamente esa exigencia de un segundo referéndum nos lleva a la segunda paradoja de Brexit. Planteada en el siglo XVIII por el marqués de Condorcet, la paradoja que toma su nombre nos indica que ante una elección con tres opciones en que cada individuo expresa sus preferencias en orden decreciente, el resultado colectivo es circular siendo imposible dar con una opción ganadora – es básicamente la versión electoral del “piedra, papel o tijera.” El debate sobre Brexit ha evolucionado hacia una situación paradójica similar con tres opciones finales sobre la mesa: la aceptación del acuerdo de la primera ministra; la negativa a un acuerdo y por tanto la salida accidentada de la UE en marzo; o la anulación de Brexit y la permanencia en la UE. Políticos y politólogos están en desacuerdo respecto a cómo configurar un referéndum que dé cabida a las tres opciones. Según Condorcet, ello resulta imposible. Ciertamente un referéndum suele ofrecer una elección binaria; sin embargo la complejidad del actual escenario exige deliberar sobre tres opciones y de hecho incluso se habla en Londres de un referéndum con dos preguntas binarias. Irónicamente, ese es el precio a pagar el pecado original del Brexit. Es decir: de pretender zanjar una cuestión con un referéndum binario pero basado en promesas ilusorias a acabar, por fuerza mayor, en un referéndum diabólico que es el reflejo de la dura realidad.

¿Frente a estas dos paradojas cual sería la actitud circunspecta de los mercados financieros? Ahí entra la tercera paradoja: la paradoja cuántica de Schrödinger. Es decir, la existencia simultanea de escenarios que son a la vez mutuamente excluyentes. Esa paradoja explicaría el enigma de la sorprendente resiliencia de la libra esterlina a pesar de la posibilidad real de que la economía británica se estrelle en marzo de 2019. Se acepta la existencia simultánea de varios escenarios, desde un no acuerdo de salida a una transición sin problemas. La paradoja de Schrödinger también explicara el bucle eterno de las negociaciones. Ahí la culpa la tendría la línea roja establecida por la UE cuando Donald Tusk advirtió ya en 2016 que “nada estaría acordado hasta que todo estuviera acordado.” Esa línea roja impide cualquier negociación sobre el futuro convenio comercial entre la UE y Reino Unido sin tener previamente un acuerdo de salida, pero ese acuerdo de salida, hoy sabemos, exige llegar a un compromiso sobre el futuro de Irlanda del Norte dentro del convenio comercial. Es decir, no podemos llegar a un acuerdo sobre el presente si no llegamos a un acuerdo sobre el futuro que ya incluya una hipótesis sobre el presente.

Brexit es la caja de pandora del absurdo político de abjurar de la deliberación debida en democracia y someter a referéndum cuestiones trascendentales, complejas y multidimensionales. La campaña del referéndum en 2016 dibujó para el pueblo británico una quimera engañosa e irrealizable que jamás hubiera pasado el escrutinio parlamentario. La propuesta prometía utopías imposibles y aun así – o quizás por ello – consiguió triunfar y elevarse a la categoría de voluntad democrática inapelable. Ahora Reino Unido debe pagar la factura de ese disparate en forma de paradojas desquiciantes. Rodrik, Condorcet y Schrödinger así lo avalan.

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