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Trump y los culpables

Si tuviéramos que elegir entre las conductas universales, en tiempo y en espacio, en época y en contexto, de los mandatarios con dotes y facilidades para el arte de lo excéntrico, una de ellas sería la del principio de exclusión. O de negación de lo propio y retrato malvado y conspirador de lo ajeno. Con tal de no irnos demasiado lejos en la historia, dejaremos algunos ejemplos recientes. Y es que Franco tuvo a sus masones como Chávez y Castro tuvieron al imperialismo yanqui, como el nacionalismo presume de un Estado en el que viven pero oprime. Trump, siguiendo esta actitud –acaso mejor hablar de conductas o gestos, de estrategias para colmar titulares, que de política-, la ha tomado con el periodismo y con Obama, a quienes acusa de enemigos del pueblo en el primer caso y de filtrar informaciones en el segundo.

Esta campaña de Trump, el ademán, no nos asombra: se puede ver a diario en colegios de primaria. Así que apuntemos la obviedad: no es de este asunto la postura infantil lo que extraña sino que esta haya alcanzado altas cotas de la administración del Estado. Que el Despacho Oval de la Casa Blanca se convierta en un jardín de infancia, vaya. Si quieren mayores pruebas, busquemos en Google la foto de una de sus asesoras. Aunque cabe decir que esta falta de consideración por el bien público no es exclusiva del gobierno de Trump –hubo quien aplaudió, en otros dirigentes, esa “naturalidad”-. Pero acaso sí premeditada. O buscada. O quién sabe. Ventajas del populismo: al no tener principios ni ideario definido más allá de la voluntad de un pueblo, voluntad acotada a conveniencia desde el seno de un partido, el contrario nunca intuye lo que va a suceder, o cuáles son las intenciones de sus actos. En la nada de su ideología, el todo de su impredecible pensamiento.

Trump llegó al poder gracias a la confrontación de opuestos que no existen, al menos desde el retrato que nos ofreció. Ahora es el momento, cuarenta días después, de consolidar ese conflicto, vacío y ficticio. Del también sencillo e infantil tirar la piedra y esconder la mano. Desde la ocurrencia, hay que dar motivos para el titular de la prensa y para el debate en el mundo. Debate no solo del hecho, también de la finalidad que esconde el hecho, incluso de su propia veracidad, de que sea real, de que quiera llegar a algo más allá del simple escándalo. Pero en esa cuestión, parece, solo nos calma el tiempo. Qué buen socio de gobierno. Qué encuestador. Qué gran politólogo.

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