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Trump y el futuro de la derecha

Foto: YURI GRIPAS | Reuters

Generalmente se pensaba que los populistas, una vez alcanzado el poder, no podrían cumplir sus promesas o implosionarían por sus contradicciones. No está siendo así en Italia y tampoco es el caso de Donald Trump en sus dos primeros años como presidente de los Estados Unidos. A Trump no le ha temblado el pulso para alterar el orden liberal internacional amenazando a China, por sus abusos comerciales, con una guerra de aranceles. Tampoco ha dudado a la hora de poner en riesgo el atlantismo, cumpliendo el deseo de parte de la izquierda europea de enterrar el TTIP y exigiendo un mayor compromiso presupuestario a sus socios en la OTAN. Y esa misma actitud le ha servido para redefinir el NAFTA.

Con todos sus riesgos geopolíticos, esta política del America first, y la bajada del impuesto sobre sociedades, está devolviendo la producción a un país que se mantiene en tasas de pleno empleo. Así pues, es pronto para calificar de eficaz su política económica, pero está claro que no se ha producido el apocalipsis que algunos auguraban, al menos, no a corto plazo. Por otra parte, es cierto que el muro con México ha encallado en el cierre de la administración gubernamental y que queda parte importante del programa por cumplir, pero también quedan dos años de Trump. O, muy posiblemente, seis.

A pesar de su impopularidad, no se le vislumbra mucha competencia. Ninguno de sus adversarios está sabiendo desligarse de la pesada etiqueta de establishment. Y es que Trump, más allá de un dominio diabólico de las redes sociales, ha sabido detectar, como nadie, la ansiedad y las preocupaciones de millones de estadounidenses que hasta entonces se han sentido abandonados, incluso despreciados, por las élites económicas, políticas y mediáticas. En este sentido, no puedo dejar de recomendar la lectura de Hillbilly, una elegía rural de J.D. Vance, quien describe, con humor y precisión, a esa clase trabajadora blanca que pasó en masa a votar a los republicanos, no por su fe religiosa o porque maldijeran el movimiento de los derechos civiles, sino porque sentían que eran ellos los que levantaban el país con el sudor de su frente mientras otros “se ríen de nosotros por trabajar cada día”. Además, percibían que el fruto de su esfuerzo se lo llevaban otros. Un otros que, para estos ciudadanos, abarcaba desde Wall Street hasta inmigrantes y minorías.

A pesar de la fortaleza del empleo y el crecimiento, los factores que alimentaron el discurso trumpista siguen ahí. Esas inseguridades sociales y económicas que incrementan la nostalgia y el rencor. Esa ansiedad provocada por un futuro que se abalanza sobre nosotros a toda velocidad y ante el que uno no se siente preparado. Trump es el síntoma de esa realidad, pero su discurso puede ser también causa de males mayores al fragmentar y polarizar la sociedad, ya que las palabras crean (o destruyen) valores y la retórica del actual POTUS es de las que socavan las virtudes cívicas, es decir, los cimientos de la democracia. Por tanto, el gran peligro es que la retórica nativista le sobreviva y se extienda una peligrosa falta de contención, porque, aunque la inteligencia de los padres fundadores creó un sistema institucional de contrapesos -el famoso check and balances-, las instituciones están formadas por personas y la letra de la ley no puede soportar una degeneración generalizada del espíritu democrático.

Algunos politólogos e historiadores han creído ver en Trump la culminación del sistema de valores que empezó a conformarse en el Partido Republicano durante la fallida campaña electoral de Barry Goldwater en 1964 y que tuvo su máximo esplendor en los 80 con las victorias del popular Ronald Reagan. Sin embargo, apuntaría a que estamos en otra etapa. Estamos ante el inicio de un nuevo realineamiento de los valores en la derecha americana, siendo Trump un mero punto de inflexión. Él identificó un problema, el del persistente abandono de una parte de la sociedad, y ahora, más que excitar las bajas pasiones, es necesario ofrecer un proyecto integrador.

Ante una izquierda ideológicamente perdida y entregada a la creación de conflictos con sus desintegradoras políticas de identidad, el reto de la derecha, en todo Occidente, será conectar y dar respuestas a esas preocupaciones de una clase media que se siente la perdedora de la globalización. Y tendrá que aprender a hacerlo con discursos que no alimenten el miedo o el rencor, sino proyectando optimismo con unos principios y unas propuestas a la altura de los complejos desafíos de nuestra época.

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