Víctor de la Serna

Trump y pandemia, esos aldabonazos

«Llevamos años en que los poderosos públicos y privados hacen y deshacen en la política nacional e internacional: el poder político negocia con Google, no con sus ciudadanos»

Opinión

Trump y pandemia, esos aldabonazos
Foto: Carlos Barria| Reuters
Víctor de la Serna

Víctor de la Serna

Periodista generalista a la antigua usanza, ha acabado especializándose en comunicación, cocina, vinos, baloncesto y las calles de Madrid.

Se fue Trump, ahí sigue Sánchez. Y Duterte, y Orban, y Bolsonaro, y Johnson. El representante más estrafalario y, probablemente, peligroso de la nueva raza política populista ha sido finalmente vencido, no por los resortes de una democracia renacida ni por un rival de gran categoría política, sino por una terrible pandemia que ha dejado al desnudo la incompetencia y aun la indiferencia del mandatario estadounidense y ha hecho reaccionar a un electorado desorientado, del que nada menos que 77 millones de miembros han seguido fieles al tramposo mayor de la República…

La desgracia que estamos viviendo en todo el mundo puede provocar reacciones así, o puede entregar aún más a los países que sufren bajo una forma u otra –la de derechas, la de izquierdas, por usar un léxico cada día menos significativo- de populismo hecho de promesas, de proclamas y de insultos al discrepante.

Aunque la gran tarea mundial sigue siendo la de vencer al virus –y bien dura está resultando, cuando pese a la vacunación al fin en marcha se disparan los contagios y las muertes-, no se puede esperar para acometer un doble intento, cuyo éxito no está ni mucho menos asegurado, de preservar la democracia y salvar la economía.

Llevamos años en que los poderosos públicos y privados hacen y deshacen en la política nacional e internacional: el poder político negocia con Google, no con sus ciudadanos. Los partidos políticos, convertidos en gran parte de Occidente en grupos burocráticos muy bien recompensados con dinero público, se han ido debilitando y subdividiendo a golpe de incompetencia, escándalos, corrupción y algún atisbo de utilización de la violencia –los GAL, el 11-M…- para afianzarse en el poder.

Lo que queda de demócratas en activo, apoyado por lo que queda de medios informativos veraces e investigativos, deben esforzarse por exiliar los abusos y devolver el poder a los ciudadanos. Entre otras cosas, reformando leyes electorales tan alejadas del ‘un hombre, un voto’ como las de Estados Unidos y España, que permiten a un Trump ganar con muchos menos votos que su rival o, aquí, a las provincias menos pobladas y a los partidos nacionalistas de zonas limitadas –País Vasco, Cataluña- obtener una representación parlamentaria desmesurada e injustificable.

Un mejor ejemplo sería de tipo francés, con distritos electorales de población similar, candidaturas individuales y dos vueltas, yendo a la segunda los dos más votados si nadie ha pasado del 50% en la primera.

Restablecer la independencia judicial, y desmontar todos los resortes de clientelismo, son otras necesidades urgentes de las que, al menos, todo lo que está sucediendo ha hecho más consciente a una parte mayor de los ciudadanos de cada democracia.

La ruptura con la globalización que proclaman los populistas nacionalistas –y también los rompedores de naciones, como Podemos- no es tampoco, en lo económico, una respuesta aceptable. En Gran Bretaña están tardando pocas semanas en comprobar los enormes inconvenientes de su Brexit. Pero el statu quo tampoco es satisfactorio: la paulatina desaparición de la clase media –y de la natalidad, de paso- que ha empobrecido a Occidente tras la emigración de los trabajos manuales y fabriles al Tercer Mundo nos está llevando a la catástrofe.

Tenemos pendientes unas tareas –las nuevas actividades científicas y técnicas, la lucha contra ese cambio climático que ya sólo niega el tipo de personas que aplaudía a Trump- que pueden revitalizar nuestras economías y nuestro bienestar.

Pero, claro, cuando vemos a los populistas hacer una burla del sistema educativo –rebajando sin cesar la exigencia académica, y encima desvirtuando esos ‘master’ y doctorados que se cuelgan fraudulentamente-, vemos que toda solución racional, humana y viable de nuestras carencias democráticas y económicas va a tener que pasar por la derrota en las urnas de esos aprovechados. Es decir, lo que los estadounidenses lograron el pasado mes de noviembre.

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