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Tu verano de mierda

Foto: Francois Mori | AP

Está muy cara la felicidad veraniega en los tiempos de Instagram. Antes bastaba con una paella en el pueblo y no saber nada de los demás. O ni eso, bastaba con que se acabaran las clases. Eran veranos comunistas, poco dinero, nada que hacer y sin medios de comunicación. La desconexión de los amigos solo podía alterarse mediante postales que rara vez llegaban o alguna llamada desde la cabina de la plaza. Se hacía con buena intención, pero visto en la distancia, eran formas arcaicas de postureo. El protopostureo, digamos. También existía en su versión retardada y adulta de cena y sesión de diapositivas.

Llegan la World Wide Web, el Facebook, los móviles que no son para hablar ni para jugar a la serpiente. Las primeras demostraciones de ocio veraniego en las redes sociales son tímidas: unos pies en la playa, una caña en un bar cualquiera, un retrato del abuelo. La especie vislumbraba las posibilidades del invento, pero temía su potencial. Una reedición del miedo nuclear de la Guerra Fría sin pasar del «aquí sufriendo»; una suerte de postureo cándido. Pero siempre hay pioneros, locos, inconscientes que quieren robar el fuego. No aprende la especie.

La cosa ahora es instantánea y con artillería pesada. Todo por debajo del yate y el Moet –pésimo champagne, pero vistoso– es un fracaso evidente. El personal va a festivales disfrazado de indios cherokee, se toma aperitivos extrañísimos en harenes, languidece en playas desiertas –siempre desiertas– de aguas cristalinas –siempre cristalinas–, y flota sobre unicornios en piscinas de borde rebosante (alguien en Instagram, seguro algún quintacolumnista de la Resistencia, demostró cómo hacer una foto de una piscina de borde rebosante en el Trópico con un barreño de plástico, el huerto familiar y un mínimo conocimiento de perspectiva fotográfica). Los instagramers, además, se llevan toneladas de libros, comen sano, hacen deporte, se enamoran y ¡se lo pasan bien con la familia! También hay filtros para arreglarte la cara de resaca y la posibilidad de ponerle música a un paseo, como en las películas. ¿Qué brujería es esta? Ayer estuve en un concierto en la playa, una playa normal, pero ningún encuadre estaba a la altura de las vacaciones de los demás. Me lo pasé muy bien, pero me fui de vacío.

Quizás la prueba irrefutable de que, a partir de ahora, la fiesta en verano siempre estará en otra parte y de que el Universo ha empezado a contraerse es que los que ni siquiera están de vacaciones se lo pasan mejor que tú. Hemos cruzado el Rubicón. Un té matcha en la oficina en agosto y ya; no se necesita más para batir a tu verano de mierda.  El año que viene habrá que darse el primer chapuzón en el agua de Marte o cabalgar osos pardos como Putin.

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