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Tú y yo, aquí y ahora

"No es la literatura lo más importante, no es la obra audiovisual, ni los premios, ni la fama, ni el dinero, no es la ficción de lo que está por venir, que puede que nunca llegue. Somos tú y yo, aquí y ahora"

Foto: Avel Chuklanov | Unsplash

Llevo más de veinticinco años escribiendo de forma profesional. Empecé haciéndolo para la prensa, enseguida me metí de lleno en la ficción del guion de cine y televisión y años más tarde, me concentré en la literatura. El motivo de esta evolución es sencillo: persigo la felicidad creativa, que para mí reside en salir de lo conocido y explorar nuevos territorios. Por otra parte, cuanto más control sobre mi ficción poseo, menos me dan la lata los opinadores del ramo, que son todos esos productores ejecutivos, lectores de guiones, escritores de sesudos informes para la cadena, etc. Todos ellos tienen un papel, tienen un trabajo que hacer, pero he descubierto que a medida que el autor cumple años y años de experiencia, sus opinadores suelen descumplirlos y la profesión termina en muchos casos emparejando a jóvenes llenos de ideas novedosas con narradores que han visto ya todo lo novedoso, lo han escrito, lo han descartado, lo han vivido y lo han convertido en tópico unas cuantas miles de veces del derecho y del revés. Como yo, muchos escritores y guionistas se han cansado de explicar por qué no tienen ningún interés en seguir los consejos —o incluso órdenes— de todos aquellos por los que pasa la obra antes de ser puesta en marcha. Puede parecer una postura viejuna, sobrada, pero yo pienso —al menos en mi caso— que es justamente lo contrario, pues para innovar hay que conocer lo que ya se ha hecho, reinventarlo, contarlo de otra manera, entender el pasado y atreverse.

Una cosa que me decían mucho los productores —esto lo sabe todo guionista— es que en un guion no hay que complacer ni al amigo divertido, ni a uno mismo, ni al jefe supremo, sino a la poco científica figura de “la señora de Cuenca”. Una entelequia que sale a relucir cuando la obra rezuma inteligencia y que se resume en que la tal señora no va a entender lo novedoso, lo irónico, lo sutil. Y si ella entiende cada referencia, en cambio, conseguiremos audiencias de escándalo, conquistaremos al espectador menos preparado y todo será fetén. Todo, menos la satisfacción del propio creador que ha de ceder sus instintos de exploración a la entelequia de una mujer conquense que solo vive en la mente del productor y que no ha existido jamás.

Los editores también tienen su particular señora de Cuenca, aunque menos, pero cuando sale a relucir la tía es igual de irritante para el autor. Sobre todo existe en el mundo de la literatura infantil, donde todo se acaba corrigiendo para “que lo entiendan los niños”, que resultan ser unos niños de ficción que viven en la mente de quien nunca ha tratado con niños reales y que, oh, sorpresa, en nada se parecen a los niños reales, que son listos como ardillas, leídos, que han visto todas las películas modernas y clásicas bajo el sol y que escuchan hablar de todos los temas de actualidad a sus youtubers. “Los niños no hablan así” es una de esas frases recurrentes que una ya está harta de escuchar. Los niños… ¿Qué niños? ¿Cuáles en concreto hablan de otra forma? ¿Y de qué forma? Son los niños de las novelas y de las películas malas los que no hablan así, es decir, los niños en los que no se reflejan los propios niños, sino los adultos cargados de ideas preconcebidas.

Preocupa más lo que pensará aquel niño que hemos fabricado en la mente y que simboliza que la obra alcance al último lector de la tierra, preocupa más la señora de Cuenca inexistente para que nuestra serie sea vista en toda la península y parte del extranjero, preocupan más las ficciones y los prejuicios que nada tienen que ver con la realidad de la escritura, de la creación, del éxito que nuestra relación profesional como parte de un equipo de creación que el tú y yo, el aquí y ahora. Somos artistas y esto nadie nos lo ha dicho suficiente. Todos. Editores, autores, correctores, productores, ejecutivos… somos artistas del tiempo, artistas de la ficción, de aquello que más penetra en las conciencias y que más relevancia tiene para mover los espíritus, y no hablo solo de la escritura.

Creo que las grandes series de televisión, las grandes novelas, las grandes cosas que surgen de cualquier profesión, en general —y hablo ahora de la política, del diseño, de la ingeniería— tienen que ver con un lugar de emoción que surge de un objetivo común, de una extraña magia creadora, ilusionante, que se cultiva cuando dos que se comprenden, o tres o cuatro, forman un buen equipo de manera natural por la sola diversión de crear algo nuevo juntos. En el caso de la literatura, los grandes editores creo que son aquellos que te hacen sentir que estás aquí y ahora, que somos tú y yo, haciendo algo de la mejor manera posible, para expresar nuestros valores y reforzarlos, exorcizar las inquietudes, repartir los deseos. Las grandes cosas que llegan no se hacen en nombre de la patria, ni para la señora de ningún sitio genérico, ni para esos niños que no hablan como se imagina alguien que nunca ha hablado con un niño sobre aquello que verdaderamente le preocupa.

Cultivar las relaciones creadoras, mirar a los ojos a nuestro colaborador, conocer el corazón humano y rechazar los clichés heredados, impuestos, absurdos… ahí está la verdad de las cosas que llega con potencia y se cuela por todos los rincones, como la luz. Porque es luz. Porque tú y yo, aquí y ahora, somos reales y existimos, importamos más que nada, pero nadie nos lo ha dicho jamás.

No es la literatura lo más importante, no es la obra audiovisual, ni los premios, ni la fama, ni el dinero, no es la ficción de lo que está por venir, que puede que nunca llegue. Somos tú y yo, aquí y ahora y si me miras, y si te veo, reflejaremos en nuestras acciones el deseo de evasión y de felicidad del último y más renuente lector.

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