Rafa Latorre

Tuitstar

Paloma del Río tiene una voz que para los españoles es indisociable de la gimnasia. Es como la entrega de medallas, los polvos de magnesio o la sonrisa de las diminutas gimnastas chinas; los deportistas se van sucediendo y esa voz es uno de los rasgos que permanecen inalterables. Desde Río, Del Río está haciendo un trabajo que ya no podemos calificar como extraordinario porque ella lo ha convertido en habitual. Describe de una forma didáctica y apasionada los ejercicios de una disciplina  sobre la que la mayoría de sus espectadores no tenemos ni pajolera idea. La suya es una labor paciente. Cada cuatro años, nos enseña a entender la gimnasia, a nosotros, que repartiríamos dieces como catedráticos enloquecidos a un paso de la jubilación. Su narración tiene este año una particularidad. De vez en cuando, Del Río abre un paréntesis y cambia el tono para  contestar a algún tuitero que le reprocha un comentario o que le exige –porque exigen- alguna rectificación.

Opinión

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Rafa Latorre

Rafa Latorre

"Periodista. Me gustaría poder decir que aprendí el oficio en el Shinbone Star pero fue menos épico. Trataré de no olvidar, lector, que su tiempo es escaso"

Paloma del Río tiene una voz que para los españoles es indisociable de la gimnasia. Es como la entrega de medallas, los polvos de magnesio o la sonrisa de las diminutas gimnastas chinas; los deportistas se van sucediendo y esa voz es uno de los rasgos que permanecen inalterables. Desde Río, Del Río está haciendo un trabajo que ya no podemos calificar como extraordinario porque ella lo ha convertido en habitual. Describe de una forma didáctica y apasionada los ejercicios de una disciplina  sobre la que la mayoría de sus espectadores no tenemos ni pajolera idea. La suya es una labor paciente. Cada cuatro años, nos enseña a entender la gimnasia, a nosotros, que repartiríamos dieces como catedráticos enloquecidos a un paso de la jubilación. Su narración tiene este año una particularidad. De vez en cuando, Del Río abre un paréntesis y cambia el tono para  contestar a algún tuitero que le reprocha un comentario o que le exige –porque exigen- alguna rectificación.

Paloma del Río, con una insobornable paciencia, tiene que explicar desde Río de Janeiro en 2016 cosas que no tenía explicar desde, qué se yo, ¿Seúl’88?. Incluso algo tan elemental como que TVE ofrece una señal realizada por terceros y que las miles de televisiones que en todo el mundo emiten los Juegos no andan pinchando cada uno sus planos como si aquello fuera una orgía de camarógrafos.

Así andan ahora los expertos. Todos los días de regreso a la casilla de salida. El bárbaro igualitarismo tuitero nos ha hecho retroceder al Paleolítico del pensamiento. Recuerdo el pasado junio a inteligencias desesperadas ofreciendo argumentos a favor del sufragio universal y aun hace unos días alguna eminencia desperdició su talento explicando por qué un bikini no es tan opresivo como un hiyab. ¿Mañana qué sera? ¿Un debate sobre la libertad de imprenta? Hago mío el aullido de Ginsberg: estoy viendo a las mejores mentes de mi generación destruidas por los tuitstars, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las redes.

La ilusión de la influencia de una serie de héroes virtuales -marginados reales- es una piedra atada al cuello. Este artículo, de hecho, es una nueva victoria de esa coalición de avatares delirantes.

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