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Un 2020… ¿’achuchable’?

"Hay motivos para ser moderadamente optimistas de cara a 2020"

Foto: Evan Vucci | AP

Suena cursi, sí. ¿Es un deseo de fin de año tras un accidentado y muchas veces desesperanzador 2019? También. El adjetivo, escogido por el Financial Times para definir al nuevo capitalismo que intenta recuperar la confianza de los ciudadanos en el sistema tras los desmanes del pasado, es extensible a las perspectivas económicas. La gran mayoría de organismos internacionales creen que la desaceleración ha tocado fondo y que la economía mundial crecerá con más vigor en 2020. Tras hacerlo sólo en un 3% en 2019, la tasa más baja desde la crisis financiera de 2008, el Fondo Monetario Internacional vaticina por ejemplo que crecerá un 3,8% en 2020. Las razones para este moderado optimismo son varias.

Las dos grandes incertidumbres responsables de frenar el crecimiento en el año que acaba se han despejado en los últimos días. Por fin hay una hoja de ruta para el Brexit. La reciente victoria del conservador Boris Johnson desatasca el bloqueo parlamentario que hasta ahora había impedido la ejecución del mandato popular recibido en el no exento de controversia referéndum de 2016 a favor de sacar al Reino Unido de la UE. Y en lo que respecta a la guerra comercial entre EEUU y China, las tensiones se han rebajado de tal forma que por primera vez se habla de un posible acuerdo entre las dos mayores potencias económicas del mundo. Esto no significa que Donald Trump haya desistido de su afán proteccionista. De hecho, sigue aplicando sanciones comerciales a muchos de sus socios tradicionales, como la UE, pero supone un importante avance en un frente que estaba teniendo un fuerte efecto depresor y distorsionador en el comercio mundial. Los mercados financieros, el termómetro más inmediato de cualquier decisión económica, han respondido jubilosos a ambas noticias.

2020 se presenta aún más achuchable debido a que uno de los más fanáticos defensores de las controvertidas políticas de austeridad aplicadas para salir de la reciente crisis, el ultraortodoxo Jens Weidman, pide ahora al Gobierno alemán que incremente el gasto público para estimular la economía, cuyo crecimiento en el tercer trimestre del año fue un raquítico 0,1% evitando así por los pelos la recesión tras haber entrado en terreno negativo el trimestre anterior. . En opinión del presidente del Bundesbank “el equilibrio fiscal no debe convertirse en un fetiche”. Esto es; no hay que obsesionarse con tener un superávit fiscal si la economía no crece. Hay que usar esos recursos para volver a ponerla en marcha. ¿Se ha convertido Weidman en un keynesiano?

Tampoco hay que exagerar, pues Alemania es un país obsesionado con la inflación y el ahorro tras el trauma de entreguerras. Pero es en cualquier caso supone un importante giro en su discurso. Con su petición, Weidman da aliento a los representantes socialdemócratas del Gobierno de coalición (la llamada GroKo), formado por los conservadores y los socialdemócratas. En especial a su ministro de Finanzas, el socialdemócrata Olof Scholz, que lleva meses defendiendo que el estímulo de la inversión pública no se puede frenar por la promesa de mantener una política fiscal prudente. La posibilidad de que se rebaje el rigor fiscal y se estimule el gasto aleja el fantasma de la ruptura de la GroKo, cuya supervivencia se puso en duda hace un mes escaso tras el cambio de liderazgo del SPD y el giro dado hacia la izquierda por el partido.

Una petición, la de gastar, que el Banco Central Europeo lleva haciendo desde principios del año a todos los gobiernos de la eurozona con las cuentas públicas saneadas, como es el caso de Alemania. Una vez que los efectos de los estímulos monetarios (intereses cero o negativos y compras masivas de activos a los bancos para estimular el crédito) dejaron de surtir efecto y la recuperación de la eurozona empezó a perder fuelle, la poderosa institución monetaria reclamó que la política fiscal tomara el relevo de la agotada monetaria. Pero esta demanda cayó en saco roto una y otra vez. Y una se pregunta cuánto debía de estar envenenada la relación del consejo del BCE con Mario Draghi al frente. Ha sido llegar a la presidencia la francesa Christine Lagarde, anterior directora general del FMI, en sustitución del italiano y el representante alemán ha tardado apenas semanas en cambiar radicalmente de postura. Y no sólo eso. Weidman ha reconocido también que Alemania, gracias a los tipos de interés tan bajos e incluso negativos de algunos de los bonos que emite para financiarse gracias a la política laxa del BCE, se ha ahorrado hasta 55.000 millones de euros al año en intereses de su deuda.

Ahí es nada. En España, la suma del presupuesto anual que se destina a Educación y Defensa, por ejemplo, no llega a los 12.000 millones de euros. Fomento, 9.000, e Interior, 7.600 millones de euros. Son los Ministerios que reciben las principales partidas y que sumados apenas superan la mitad de la cantidad ahorrada a las arcas alemanas sólo por los efectos secundarios de la política de tipos de interés bajos del BCE. La posibilidad de gastar del socio alemán sin necesidad de ajustar sus presupuestos, al contrario de lo que ocurre en países como España con un déficit y deuda públicos aún elevados, es envidiable. Esa decisión política podría tener un impacto indudablemente positivo en el crecimiento de la eurozona, como vienen reclamando no sólo el BCE si no casi todos los organismos internacionales como el FMI o la OCDE.

Así pues hay motivos para ser moderadamente optimistas de cara a 2020. Y si encima algunos grandes representantes del capitalismo están decididos a ponerle una cara más amable y humana al sistema evitar los excesos de los últimos 30 años, poco más se le puede pedir al Nuevo Año. Y es que la creciente desigualdad (las 42 mayores fortunas del mundo representan la misma riqueza que 3.700 millones de habitantes del planeta) y el descontento social, canalizado por líderes populistas que suponen una amenaza a las democracias liberales y al propio sistema capitalista, son una clara advertencia de que el modelo necesita resetearse. ¿Lo veremos?

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