THE OBJECTIVE
Juan Marqués

Un artículo generacional

«Cuando hay inteligencia no hay enfrentamiento (por eso hay tanta bronca en el Congreso de los Diputados)»

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Un artículo generacional

Ketamino | CC BY-SA 4.0

Quien haya comido alguna vez en el cuadradísimo comedor de la Residencia de Estudiantes habrá observado que en uno de los rincones, el más cercano a la única puerta, hay una mesa especialmente larga, permanentemente preparada como para 18 o 24 comensales y estrictamente reservada sin excepciones desde hace 30 años, desde aquel 1991 en el que volvió a funcionar la institución.

Es la mesa de los becarios. Casi dan ganas de ponerlo con mayúsculas: la Mesa de los Becarios. Aunque sus ocupantes van cambiando año tras año, con el rodar de las promociones, es una de las esquinas más invariables de aquella admirable casa (que, dicho sea sin la menor hostilidad, es famosa por la invariabilidad de sus costumbres, por lo poco amigos de cambios, novedades o trastornos que son por allá). Y es la mesa más codiciada, por ser la más exclusiva: con todo lo que se cuida el protocolo y la diplomacia entre esas paredes, la mesa de los becarios es intocable: ya puede pretender una ministra sentarse allí al llegar: enseguida un camarero le avisará educadamente de que no, que esa es la mesa de los becarios y que puede ocuparla, claro, pero solo si entiende que a su alrededor van a empezar a sentarse jóvenes bien informados, hipercríticos, incisivos y preguntones, es decir, que no es un territorio demasiado amable para los políticos. Por lo demás, la mesa de los becarios es, naturalmente, la más divertida y animada de toda la calle Pinar (de toda la Colonia del Viso, me atrevería a aventurar), aunque la beca, muy juiciosamente, no incluía ni una gota de vino, que había que pagar aparte. Por razones fáciles de entender, durante las comidas hay grupitos en aquel pulcro comedor, compañeros que vienen de trabajar desde el CSIC o quizás congresistas de algún asunto…, pero en los desayunos y en las cenas lo que predomina es la soledad: gentes que andan de paso por Madrid para algún asunto cultural o universitario cenan en silencio, mirando de reojo esa curiosa mesa donde 12 o 15 o 20 veinteañeros charlan animadamente de la teoría de cuerdas o de la novela social o de política mexicana (o de tenis o incluso de culos, que no siempre éramos tan insoportables). Y entonces sucede algo inevitable, ya tradicional: los residentes más extrovertidos se acercan tímida o abiertamente y piden poder sentarse allí, a compartir mesa, bromas pedantes y conversación.

Los becarios, como es natural, no pueden oponerse a esa invasión, que a veces es maravillosa y a veces es traumática. Ha habido poetas que pasaban un mes en la Residencia, o visitantes habituales que duermen unos días allí tres o cuatro veces al año… que ya son «habitantes» de pleno derecho de esa mesa, asimilados y queridos… mientras que otros se hacen invasivos y cargantes desde el primer minuto. Tiene poco que ver con quién sea cada cual: lo decisivo es cómo sea. Ha habido visitas muy especiales, por su prestigio, que han acabado medio mal y ha habido otras aparentemente incómodas, por el anonimato, que han dado lugar a grandes amistades. Podíamos acabar intentando rehuir a premios Nobel, por insufribles, y en cambio hacer regalos y «homenajes» a profesores perfectamente desconocidos que se ganaron nuestra simpatía. Había becarios (yo mismo…) que no llevaban muy bien lo de las visitas porque amenazaban con romper la concordia diaria, la alegría de la confianza… pero todo solía ser agradable.

Tampoco había conflictos entre nosotros: en los 1.500 días que viví allí no hubo más de tres o cuatro malentendidos o enganchadas, y ninguno grave (o yo no me enteré, que es una de mis especialidades). Cuando hay inteligencia no hay enfrentamiento (por eso hay tanta bronca en el Congreso de los Diputados). Pero para mí aquello fue lo que no había tenido en la facultad, donde solo tuve profesores y maestros, no compañeros, casi nadie con quien hablar de literatura, casi nadie para quien lo de leer fuera algo más que un penoso trámite para ser algún día profesores o funcionarias. En aquella mesa había, desde luego, diversidad ideológica, desde activistas de extrema izquierda hasta verdaderos neocons, y también una enorme experiencia, aunque todos oscilábamos entre los 19 y los 35 años: había historiadoras que habían trabajado en el Parlamento Europeo de Estrasburgo, científicos que venían no solo de dar clases en Oxford sino de impartirlas, observadores internacionales en mil y una batallas, investigadoras simultáneamente multibecadas por medio mundo… Había, claro, becarios de toda España y también colombianos, argentinas, mexicanos… y todos, en general, viajaban mucho y traían noticias estimulantes de todos los rincones, detalles relevantes que habían observado, indicios de cosas por venir… Yo, que venía de Zaragoza y no tenía ni ordenador, me limitaba a escuchar, aprender y disfrutar. Me sentía como cuando Marco Polo mandaba a sus exploradores por toda Asia y se quedaba sentado con su papel y su pluma, tumbado y comiendo pasas a la espera de que llegaran buenas informaciones que apuntar.

La cosa tenía también algo de think tank secreto: cuando llegó el 15M, o el MeToo, yo leía eslóganes que me recordaban a algo… y al final ese algo era siempre, invariablemente, cosas que había oído y vivido en la mesa de los becarios varios años atrás. Había, en efecto, quienes proponían acciones o iniciativas concretas en la línea del altermundismo, o invitados ocasionales a la mesa que tanteaban a las becarias con demasiadas esperanzas de acabar en su habitación.

Pasado el tiempo, cada uno de nosotros y nosotras ha acabado en sitios diferentes, más o menos lo que cabía esperar de cada uno, pero en general se ha dado aquello de lo que tanto hablamos: paradójicamente, nos hemos hecho fuertes en la incertidumbre, nos hemos instalado en la inseguridad, vivimos en una precariedad relativa y entretenida, oscilante según cuándo y dónde, vamos tirando, mal pagados pero conformes. Pero las cosas cambian (y no mejoran precisamente) y, si los de mi quinta nos encontramos un panorama feo, sin muchas posibilidades, es deprimente imaginar lo que espera a la siguiente generación, que es en la que pensaba en el título de este artículo. Por supuesto que los becarios de la Residencia no pueden ejercer precisamente de jóvenes-españoles-tipo, pero aquí sí que hablamos de ese tipo de perfil, bien preparado, reconocido por algún tribunal como gente en la que invertir o por la que apostar… Privilegiados, dirá alguien, y sí, así es, pero privilegiados de orígenes muy diversos y todos ante un horizonte más bien baldío. Y digo todo esto porque uno de los que hoy se sientan en la mesa de los becarios es un chico de 1995, de Torres de Albánchez (Jaén), que se llama Carlos Catena Cózar y que ganó hace dos años el Premio Hiperión con Los días hábiles, su único libro hasta hoy (aunque anda por la habitación 433 escribiendo el segundo). No sé si lo que cuenta en ese libro es autobiográfico, ni me importa demasiado, pero sucede exactamente lo que otro exbecario, el narrador asturiano Chus Fernández, escribió en sus Cuadernos: «Lo que hace que una obra sea autobiográfica no son los hechos que en ella se narran sino las razones por las que se narran esos hechos». En ese sentido, Catena ha acertado a expresar las tribulaciones de su propia edad, no las íntimas (que también) sino las sociales, las económicas, las políticas, a través de la mirada de alguien que se ve obligado a emigrar sin desearlo, a estar lejos sin que nada, salvo la falta de opciones, le impulsara a irse. Catena no es un cínico, ya sabe que vive en un tiempo confortable y «fácil» en general, que no pasamos frío ni hambre ni más penurias que las psicológicas, nada desdeñables, de vivir de otros, de no poder elegir la vida que se necesita: «En el extranjero una transferencia bancaria / es el único abrazo que mi padre puede darme»… Como voz de una nueva hornada de jóvenes españoles inquietos, ambiciosos, creativos, bien preparados y cultos, la suya es muy poderosa, pero es el portavoz de noticias desoladoras que deberían preocuparnos: «Quizás no te acuerdes ahora (Carlos) / de que hace años teníamos un futuro / hoy desde el futuro vuelvo agotado a ti / y te pregunto qué tenemos ahora»…

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