Jesús Montiel

Un atasco es un lugar hermoso

Volvía siempre de Madrid con una contractura en las cervicales. Solo entrar en la M-30 notaba tensos los músculos, el pulso como una ametralladora. La cantidad impúdica de coches, tantos carriles, el cielo turbio, sin pájaros.

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Un atasco es un lugar hermoso
Foto: Alejandro Garcia| EFE

Volvía siempre de Madrid con una contractura en las cervicales. Solo entrar en la M-30 notaba tensos los músculos, el pulso como una ametralladora. La cantidad impúdica de coches, tantos carriles, el cielo turbio, sin pájaros. En una de las visitas me horrorizó lo que me dijo un madrileño, hace años. Me contó que su momento preferido del día era por la mañana, al ir a la Facultad y estar dentro del coche en mitad de un atasco, escuchando la radio y sorbiendo café. Dios mío, pensé, ¿qué placer hay en una hilera sucia de coches y en un lugar donde hay que buscar el cielo apartando los edificios? No podía creer que hubiera personas con esa punto de vista. Tan acostumbradas a la vida en la gran ciudad, hasta el punto de alabar una situación que a mí me contracturaba las cervicales. Estaba escandalizado.

Ha trascurrido el tiempo, he vuelto a Madrid y, aunque el horror primero se ha ido atenuando, no puedo pasear por la Gran Vía sin el ánimo roto. Madrid, Barcelona, el mismo centro de mi Granada: da lo mismo. Es cuestión de temperamento. Fuera de mi ecosistema, me siento como Tarzán en las calles de Londres. Algo ha cambiado, sin embargo. Hay lugares más hermosos que otros, cierto. Pero ahora sé que mi crispación se debe a mi indigencia y no al escenario donde me encuentro. Necesito bosque, hojas, mirlos, porque dependo de los lugares. Aquel amigo madrileño, por el contrario, es capaz de disfrutar de un lugar natural y también de los atascos en los trágicos túneles madrileños.

Ahora, cuando una situación me obliga a salir de mi pequeño barrio con árboles suficientes y me siento abatido en una ciudad grande, desconocida, me acuerdo de mi amigo, al que venero como a un maestro zen o uno de esos indios famélicos y con la barba parecida a un resto de nube. Este amigo, aquel ser corrompido por el clima urbano, me estaba dando un regalo que el tiempo abriría hoy, diez años más tarde. Nada escapa de la poesía, me dijo en realidad. Un corazón agradecido es posible en un ambiente contaminado. Como el nuestro, donde todo se polariza y los políticos no disimulan ya su mezquindad. Incluso ahora.

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