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Un cumpleaños infantil

Foto: Jonas Humbel | Unsplash

El cumpleaños se celebraba en la Quinta de los Molinos, el único lugar de Madrid donde hay almendros. Como ya han florecido algunos, el parque estaba lleno de gente fotografiándose con ellos o a sus flores. La fiesta a la que nos habían invitado era detrás de la casa, ahora convertida en un centro cívico del ayuntamiento. Era la pista de tenis de la finca, que tiene algo más de 21 hectáreas, olivos y más de mil almendros, todo diseñado por su dueño desde 1920: César Cort Botí. Para llegar hasta la casa desde la entrada más cercana al metro hay que atravesar el parque, bordear el estanque y recorrer caminos empinados. Los molinos que dan nombre a la finca los trajo Cort de Estados Unidos y son de esos metálicos que se ven en las películas hollywoodienses.

No sé cuántas familias había allí, era un poco una versión de Big little lies sin el drama: todos un poco más bajitos, menos glamurosos y mejor avenidos. Había vino, cerveza, empanadas y tortillas de patata. Había una tarta inmensa con bolas de chocolate por encima. La madre del cumpleañero contaba la historia de cómo había salvado la tarta después de que no consiguiera que se fundiera el chocolate. Los rayos de sol bañaban la pista y los niños corrían, jugaban y saltaban a su aire. Había dos bebés de menos de dos meses.

Algunos padres se conocían y otros no. Algunos niños venían con su padre, otros solo con su madre. Otros venían también con sus hermanos, otros también con su abuela. Mi novio estaba en un grupo de anglófonos: el vino le soltaba la lengua y hacía bromas en su primitivo inglés. Después de la tarta, se fue a dar un paseo con el niño metido en el carrito para que se durmiera la siesta. El traqueteo de las piedras le facilitó el trabajo. Volvió justo a tiempo de ver cómo caían los caramelos de la piñata.

Cuando nos despedíamos hizo una broma sobre el Brexit: el tipo con el que había estado hablando durante la comida torció el gesto. Otro le chivó que era proBrexit. Mientras cruzábamos de nuevo el parque entre los almendros en flor, me reía de mi novio y su capacidad para meterse en líos: te pierde el gag, le decía. Luego le dije que solo porque hubiéramos estado juntos y nos hubiéramos reído no significaba que compartiéramos sensibilidades. No sé si es la polarización lo que nos lleva a pensar que si estamos a gusto con alguien es porque pensamos igual en casi todo. Pero en realidad somos capaces de estar con gente que piensa de manera diferente sin discutir y además ponernos de acuerdo en algunas cosas –que son las que hacen posible la convivencia. A veces hasta podemos reírnos de los mismos chistes. Era una fiesta infantil, no una cumbre europea ni el parlamento. Pero es una pequeña muestra de la cantidad de cosas –tiempo, colegio, piscina, cafetería favorita, etc.– que compartimos con gente cuyas ideas políticas son opuestas a las nuestras. Y la convivencia es posible.

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