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Un editor es una casa

Foto: Ben White | Unsplash

Lo conocí por medio de otro amigo poeta. Mediante un correo electrónico. Le enviaba yo un manuscrito raro, heterodoxo, una miniatura que había sido rechazada por un par de editoriales de las grandes. En otra, la tercera, se me exigía dinero. Él leyó el manuscrito, y a conciencia, y me envió un correo extenso con anotaciones varias y todas enjundiosas, tras las cuales barrunté un amor sin precedentes por el oficio. Y me ofreció su casa, pero advirtió: “Tendrás que armarte de paciencia”. Y sí, fueron tres largos años. Inacabables. En los que el texto se redujo y cambió de título. Hoy, no ha pasado un año desde que el libro vio la luz y se avecina una tercera reimpresión. Sin bombo ni platillo, como crecen los rumores en las aldeas, por puro contagio.

Ahora se acerca mi segundo libro en esa casa. Y él me escucha, me aconseja, hablamos de todo un poco. Me atiende siempre, da igual si con luz o bajo el cielo nocturno. Un editor es una casa. Un confidente además de una jerarquía. Alguien que está al otro lado de la lágrima, tantas veces. No sólo cuida del texto sino que se preocupa por el ser humano que hay detrás de cada página. Mima la pluma, pero también el corazón que la dirige. En el siglo de los impresores y de las editoriales Fast Food capitanea una empresa de Quijotes que ha cumplido cuatro décadas preservando su independencia. Hablo de Pre-Textos, mi casa. Él es Manuel Borrás. Yo un tipo con suerte.

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