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Un escritor de Oklahoma

Foto: Scott Audette | Reuters

Pocos conocen hoy a George Milburn en su país natal, Estados Unidos. Tampoco es que lo conocieran demasiado a su muerte, en 1966, y eso que durante un tiempo fue una firma habitual en revistas como ‘Harper’s’ y ‘Vanity Fair’. Llegó a escribir cuentos incluso en ‘The New Yorker’. Solo unos pocos elegidos pueden decir esto. En sus años buenos, al principio de la década de los 30, Milburn obtuvo reconocimiento por ‘Un pueblo de Oklahoma’. El libro incluye 36 relatos protagonizados por los aldeanos de algún rincón perdido de la América profunda.

Por las historias de Milburn pasean personajes de todo tipo. Entre ellos la señora Zerko, “la mujer del contorsionista”, que según los rumores fumaba: los vecinos sospechaban que era una descarada. O el banquero Brigham, que nunca se equivocaba. “Tenía suficiente dinero para hacer valer su opinión”. O el capitán Choate. Hablaba tanto, contaba tantas historias, que de haber hecho todo lo que decía tendría 146 años. Y estaba Delmer Dilbeck, el hombre más tacaño del pueblo. “Se decía que alimentaba a su primera mujer con sopa para que la dentadura postiza le durase más”.

Tipos curiosos y entrañables en un escenario donde la brutalidad, el fanatismo religioso y el racismo eran la norma. La ironía de la escritura de Milburn no esconde una profunda desesperanza. Él fue uno de los pocos autores que se atrevieron a contar en sus relatos los disturbios raciales en Oklahoma. En ‘El defiendenegros’ narra la historia de John Parnell, que llegó al pueblo sin presentarse a los vecinos. Por eso desconfiaron de él desde el principio. Y cuando empezó a ejercer de abogado de negros nadie quiso relacionarse con él. La revuelta racial que termina ocurriendo en el relato tiene mucho que ver con la que realmente ocurrió en 1921 en Tulsa, Oklahoma.

Milburn se marchó de Oklahoma en 1932. Nunca volvió. Viajó por Europa y, a su regreso a Estados Unidos, tres años después, comenzó su declive. Intentó frenarlo publicando dos novelas, pero ninguna funcionó. Dijo que Oklahoma era como un “campo de concentración”, y eso le generó más antipatías. Un articulista le acusó de haber estado “criticando, ridiculizando y tergiversando” la realidad del territorio. Murió en Nueva York con 60 años por un cáncer, sin lectores que lo lamentaran.

Sajalín Editores traduce ahora los relatos de ‘Un pueblo de Oklahoma’, y para promocionarlos los pone a la altura de obras de Sherwood Anderson o de los primeros relatos de Ernest Hemingway. En este punto me asalta mi vena Javier Marías. ‘Un pueblo de Oklahoma’ no es una obra maestra; es un libro de relatos aceptable, que no es poco. Una lectura entretenidaMilburn es especialmente hábil en los arranques, donde combina frases demoledoras con ironía fina a la par que incómoda. Pero a menudo sus textos pierden fuelle según avanzan. Tener una historia personal atractiva no convierte a Milburn en un descubrimiento imprescindible, en un autor necesario.

Supongo que Marías se refería a esto cuando decía que no puede ser extraordinario todo cuanto hacen o hicieron las escritoras a las que la corriente feminista eleva por decreto a los altares. 

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