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Un exorcismo

Foto: JAVIER SORIANO | AFP

Hitler, en el búnker. Mussolini, colgado por los pies en piazzale Loreto. Seyss-Inquart, el austronazi que rubricó el Anschluss, ejecutado en Núremberg. Antonescu, fusilado por crímenes de guerra en Bucarest. Tiso, ahorcado por el régimen comunista en Checoslovaquia. Szálasi, conducido al patíbulo en Budapest, tras fracasar su huida. Quisling, frente al pelotón de fusilamiento en Oslo, acusado de alta traición. El mismo cargo que Pétain, a quien las autoridades francesas conmutaron la pena de muerte por cadena perpetua. El croata Pavelić, en su exilio madrileño, tras vagar por América y sobrevivir a un atentado. También en España, refugiado, Léon Dégrelle, el mayor de los colaboracionistas belgas.

Así murieron algunos de los líderes fascistas más conocidos del siglo xx. Fueron pocos los que eludieron la muerte violenta o el exilio. Es cierto que Metaxas o Salazar tuvieron muertes naturales, pero tanto el Régimen del 4 de agosto en Grecia como el Estado Novo en Portugal fueron derribados por la fuerza. España, la excepción. Más de una vez me he preguntado si eso es lo que nos pasa: que no nos perdonamos que nuestro dictador se nos muriera en la cama.

El fascismo fue un pecado europeo que se expandió por el mundo. Una de las modas ideológicas más potentes de su siglo, no faltó un país sin su partido fascista. En no pocos alcanzaría el poder, instaurando un régimen más o menos totalitario, adaptado al acento local. Si España hubiera participado en la Segunda Guerra Mundial, es fácil conjeturar que, tras la victoria aliada, Franco y sus máximos colaboradores habrían sido juzgados y ejecutados, como la mayoría de líderes fascistas europeos derrotados. En ese preciso acto, como sucedió en otros países, se habría expiado la culpa colectiva –pues no hubo fascismo sin apoyo popular– y fundado la nueva legitimidad democrática.

Pero España no pudo seguir ese patrón. Estaba llamada a seguir su Sonderweg, su camino especial. La dictadura había durado demasiado y era inútil negar que el régimen había logrado legitimarse por la vía de los hechos a los ojos de muchos españoles. La democracia no podría fundar su nuevo relato en la liberación, como otros países, sino en la reconciliación. Más difícil, más audaz, más genuino. Salió bien. Fue nuestra mejor hora.

Estoy de acuerdo con trasladar el cadáver de Franco fuera del Valle de los Caídos. Un dictador de memoria tan pesada para tantos españoles vivos, tan ominosa para tantos españoles muertos, no debería ocupar un mausoleo en un lugar así de preeminente. Y sin embargo no termino de sacudirme la impresión de estar asistiendo no a una exhumación, sino a exorcismo.

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