Beatriz Manjón

Un lugar seguro

«Una madre es bella a causa del amor del que se desprende para cubrir la desnudez del niño»

Opinión

Un lugar seguro
Foto: Jonathan Borba| Unsplash
Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

No me ha tentado la maternidad, me ha podido la certeza de que lo que traemos al mundo no son niños, sino adultos. Solo imaginar en la cuna la mirada ceñuda de Igor el Ruso o al presidente del Gobierno balbuceando resiliencia resulta contraceptivo. Un hijo es un lugar inseguro, al contrario que una madre, que es la casilla de la Oca, la patria primera, un columpio entre las piernas improvisado con un vestido, ese banco al final del andén por si se pierde el tren o se tira uno a la vía de una locomotora que no pasa.

Una madre es bella a causa del amor del que se desprende para cubrir la desnudez del niño. Lo escribe Christian Bobin en El Bajísimo. «Todas las madres tienen esa belleza. Todas tienen esa justeza, esa verdad, esa santidad». Puede que discrepe Woody Allen, que cuenta en su biografía que su madre le pegaba al menos una vez al día, pero la mía tiene, en efecto, un halo visible, como un rosco de Pasapalabra, levitando eléctricamente sobre su pelo de Maradona blaugrana. A menudo coge la tijera y no se sabe si se corta el pelo o se le suicida, pero la aureola se mantiene intacta, como un sol que se resigna a ser eclipsado. Con casi 80 años, seis hijos criados y esa condena permanente revisable que es el cuidado de la casa, ha ido por primera vez al fisioterapeuta este mes. Y una, que a poco que perree se le desencaja la cadera, no puede dejar de mirarla con el deslumbramiento del niño ante el milagro del avión en el cielo.

«La maternidad es el cansancio superado, la muerte aceptada sin la cual no habría ninguna alegría», explica Bobin. Mi madre contesta al teléfono con la jovialidad de una adolescente inmersa en los preparativos de su viaje de fin de curso, capaz de aislar la rutina, el hastío, los problemas, igual que separa los guisantes de su vaina. Es difícil oírle una queja, porque las madres ceden, desde el llanto primero, el sonajero de la protesta a los hijos. Su triunfo es quedarse en la memoria, no importa si es en forma de toalla al salir del agua, de zapatilla voladora, de croquetas o de beso en la frente: un hijo es la manera más humilde de pasar a la posteridad.

Ahora que estoy más cerca de la incontinencia urinaria que de la sexual —no siempre nos quedará parir, Rick—, le pregunto cómo afrontó su menopausia. «Ni me enteré», confiesa mientras pasea sus 48 kilos con esa prisa sincopada de las madres, como si las extremidades no supieran seguirles el ritmo. A mí me sube un escalofrío por el cuerpo y luego la mascletá de un sofoco, que es el tráiler del infierno. Acaso cuidar sea el mejor modo de cuidarse. Quizá el secreto para enfocar con acierto la vida esté en esa capacidad para desenfocarse de las madres: no prestarse demasiada atención, no amamantar al espejo, desviar la mirada del yo, de esas obsesiones que se nos van agrandando a fuerza de observarnos con lupa, tan frívolos que todo en nosotros nos parece grave. Una madre es un ombligo menos.

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