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Un mísero capo

El día que la policía italiana detuvo al capo mafioso Bernardo Provenzano la opinión pública sufrió un desengaño. El jefe supremo de la Cosa Nostra llevaba una vida miserable y paranoica. Encerrado en una granja siciliana, sólo se comunicaba con el exterior mediante unos papeluchos escritos en clave.

Así fue la descripción que hizo Gilberto Caldarozzi, el director del Servicio Central Operativo de la Policía italiana, a El País unos meses después del arresto: "Provenzano vivía como una bestia en su cubil. Dormía en un saco de dormir. Todas sus cosas estaban recogidas en pocas bolsas, listo para huir. Las ventanas, tapadas, para que de noche no saliera ni un rayo de luz".

No vivía como se suponía que debía vivir un capo mafioso, o al menos como nos lo había contado Mario Puzo. La única coincidencia era que el delincuente se escondía en Corleone. Caldarozzi explica que si Provenzano pudo permanecer huido durante 43 años fue "por su bestial capacidad de aguante en condiciones de vida horribles".

La relación de la mafia con la ficción es un asunto de gran interés. Entre las escasas posesiones de Provenzano cuando fue detenido se encontraba una cinta con la banda sonora de El Padrino, de Nino Rota. Es la realidad la que pretende emular a El Padrino y no al revés. La fascinación que ejerce la saga de los Corleone ha hecho que matones palurdos se travistan de gángster y  que hasta el más bobo e inofensivo de los corruptos ibéricos pida que le llamen Don Vito.

Jamás olvidaré la impresión que me causó la fotografía de Bin Laden en su escondite en Pakistán, que el Departamento de Defensa estadounidense hizo pública poco después de su ejecución. Toda la vida escuchando que la causa del crimen y el terror era la pobreza y resulta que era la consecuencia: qué mejor ejemplo  que el de un multimillonario saudí convertido en cabrero.

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