Matias Costa

Un mundo feliz

¿Qué nos pasa? Me refiero a los adultos, deberíamos proteger a los niños, evitar que los destruyan de por vida. ¿Por qué no saltan las alarmas cuando tienen que saltar? ¿Hacia donde estábamos mirando cuando ocurría (y sigue ocurriendo) todo esto?

Opinión

Un mundo feliz

¿Qué nos pasa? Me refiero a los adultos, deberíamos proteger a los niños, evitar que los destruyan de por vida. ¿Por qué no saltan las alarmas cuando tienen que saltar? ¿Hacia donde estábamos mirando cuando ocurría (y sigue ocurriendo) todo esto?

Los cuentos infantiles clásicos (Andersen, los hermanos Grimm, Perrault) son aterradores porque conectan con la fantasía universal del niño, que es un humano en estado salvaje cuya percepción del mundo es básica y a la vez muy perspicaz: un monstruo me puede comer, pero el monstruo puede ser cualquiera de los que me rodean.

Los adultos hemos perdido esa percepción bestial de la vida, ligada a la supervivencia, en la que todo es monstruoso hasta que demuestre lo contrario. Por eso machacamos a los niños hasta extirparles su capacidad intuitiva y conseguimos que le sonrían a cualquiera. Los pederastas saben que un niño tarda en reaccionar a la locura, si es que lo llega a hacer, de que el mismísimo Mickey Mouse lo esté violando mientras sus padres sonríen fuera de la casa encantada. Por eso estos enfermos, que en su mayoría fueron también menores abusados, se disfrazan del personaje festivo, amigo de los niños, siempre dispuesto a jugar y arrancarles una sonrisa, antes de arrancarles el alma.

Recientemente a muchos se nos cuajó la sangre en las venas con la historia del showman británico Jimmy Savile, un héroe televisivo infantil que perpetró más de 200 ataques sexuales contra niños a lo largo de medio siglo. La policía y la Sociedad Nacional para la Protección de los Niños coinciden en el extremo sadismo que caracterizaba las violaciones. Ahora, mientras en Inglaterra vuelven a destapar las cloacas con 660 pederastas detenidos y la sospecha de una red de tráfico de menores en el mismísimo parlamento británico, en Disney World («donde los sueños se hacen realidad», dice su eslogan) hay de momento 35 empleados acusados de pederastia.

¿Qué nos pasa? Me refiero a los adultos, deberíamos proteger a los niños, evitar que los destruyan de por vida. ¿Por qué no saltan las alarmas cuando tienen que saltar? ¿Hacia donde estábamos mirando cuando ocurría (y sigue ocurriendo) todo esto? La idea de un mundo feliz no pasa por la ausencia de problemas, sino por hacer frente a las cosas más incómodas, las que nadie quiere ver. Quizá me equivoco pero creo que hay algo previo que no ha funcionado cuando un niño cae en manos de un pederasta a pocos metros de sus padres y este monstruo repite sistemáticamente la pesadilla sin que nadie se de cuenta.

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