THE OBJECTIVE
Carlos Esteban

Un mundo sin Teresas de Calcuta

Es la cosa que el Papa de Roma, un señor vestido de blanco con un sombrero realmente divertido que dice creer en cosas tan pintorescas como que un oscuro carpintero de Palestina volvió de la muerte hace 2.000 años o que determinados ungidos, con determinadas palabras, son capaces de convertir el pan y el vino en el mismo hacedor de las estrellas -sin que cante mucho-, ha proclamado que cierta monjita que limpió muchos culos de tirados en Calcuta merece veneración pública.

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Un mundo sin Teresas de Calcuta

Es la cosa que el Papa de Roma, un señor vestido de blanco con un sombrero realmente divertido que dice creer en cosas tan pintorescas como que un oscuro carpintero de Palestina volvió de la muerte hace 2.000 años o que determinados ungidos, con determinadas palabras, son capaces de convertir el pan y el vino en el mismo hacedor de las estrellas -sin que cante mucho-, ha proclamado que cierta monjita que limpió muchos culos de tirados en Calcuta merece veneración pública.

Y han saltado tantas voces disintiendo que me han recordado que en España todos los ateos son doctores de la Iglesia.

Y yo no quiero hablar mucho de la nueva santa ni fatigar la Wikipedia, porque ella es tangencial en esta disputa. Lo llamativo, para mí, son tres cosas.

Lo primero es que ojalá el mundo se olvide de Cristo. Ojalá pasemos los cristianos a ser los pintorescos seguidores de un culto extraño, algo así como mitraicos en el primer siglo de nuestra era. Ojalá vuelva a verse la cruz como dos palos cruzados sin ningún significado concreto y nuestra cultura olvide los arcaicos conceptos de trinidad, transubstanciación, caridad. El mundo será como era, infinitamente más duro e implacable, pero no veo otro modo, nada puede hacerse con una civilización que se burla de un credo mientras mantiene como axiomas lo que no son sino corolarios de nuestra fe.

Porque, ¿saben qué?, no está escrito en las estrellas que todos los hombres sean iguales, ni mucho menos, que es asunto que parece contradecir nuestra experiencia diaria. Menos evidente aún, más bien al contrario, es esa sandez aparente de que los últimos serán los primeros. ¿Por qué? ¿Qué civilización totalmente ajena a la nuestra pensó alguna vez semejante disparate? Felices los felices, ese es el credo del sentido común: los afortunados, los fuertes.

Hay esperanza para un mundo cristianizado y la había para el mundo que no conocía a Cristo, pero la mezcla de los dos, esos ateos del Niño Jesús que apedrean a la Iglesia con las piedras que Ella les ha dado, es un monstruo intratable. De verdad, olvidaos de Cristo.

Para empezar, en el mundo que realmente olvide el cristianismo, en el mundo sin una brizna de cristianismo residual, la izquierda desaparecería como si nunca hubiese existido. Porque la izquierda, con su obsesión por el tirado y el marginal, es solo la última herejía cristiana, un cristianismo sin Dios. Ya saben, de estos que pretenden que me conmueva la foto de un niño kurdo ahogado en una playa y que eso me lleve a llenar mi país de tercermundistas con extraños valores que vienen decididos a vivir de mi dinero. ¿Por qué? Es que lo están pasando muy mal. ¿Y? ¿De cuándo es ese mi problema?

La izquierda colapsará casi de golpe y lo que llegará será Darwin en su forma más pura y menos diluida, porque es exactamente lo que queda y lo que tiene sentido. Y que empiecen los juegos.

En segundo lugar, sufriría con cristiana paciencia a los teólogos exteriores si no tuviera el mundo su proceso de ‘santo súbito’, impuesto por los medios y, a diferencia de los santos cristianos, sin que resulte aconsejable criticar a los canonizados por lo laico en compañía de extraños. Dígame, lector, con el corazón en la mano: ¿cómo escandalizaré más en un cóctel de embajada o en una recepción en la Moncloa, llamando a la Madre Teresa «cacahuete podrido» (¡jajajaja, qué bueno, «cacahuete», ¿lo pillan?!) o recordando que Nelson Mandela era un terrorista como Otegi y Martin Luther King un plagiario filocomunista?

Y llego al tercer punto sin haber tenido que aprender de Teresa de Calcuta ni su nombre albanés, pero ahora sí tengo que rozar cosas de su misión o como quieran llamarlo. Y es que si la modernidad a la violeta, la que ni de broma osaría dar a un profeta que desvirga a una niña de nueve años su nombre correcto, alza su autosuficiente ceja derecha ante las patrañas cristianas -muchas de las cuales sostienen ellos mismos sin demostración y sin que se les mueva un músculo metafórico de su anquilosado cerebro-, no suele reaccionar con esta rabia hidrófoba a la media de canonizaciones. El indito Juan Diego pasó sin pena ni gloria mundanas al ser canonizado, y ni siquiera un rey de los efectos especiales como el Padre Pío mereció tanta atención al ser canonizado.

¿Qué le indigna tanto al mundo de que se ensalce a la madre Teresa? Lean, si gustan, sus racionalizaciones, que son múltiples. Pero, mejor, observen el perfil. El solidario moderno lo es sobre todo de hashtag e iPhone, sin que su culo tenga que abandonar la silla sino para machacarse en el gimnasio, que para eso lo ha pagado.

Digámoslo: Teresa de Calculta les saca los colores. Citarán a este y aquel autor para demostrar que, lejos de beneficiar al pobre, la de Calcuta perpetuó su mal, que lo que hay que hacer con el marginado y el sufriente es concienciarlos para que Chávez les salve. Porque nada puede desear más un moribundo abandonado por su familia, un apestado que duda de su propia humanidad, que recibir la calidez y amorosos cuidados de un funcionario.

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