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Un pacifismo a prueba de bombas

Foto: JON NAZCA | Reuters

Una de las grandes mentiras que ha fabricado el Think Tank independentista y que se repite lorito en púlpitos, tertulias, redes sociales y demás arrabales siniestros de la virtualidad es la del carácter pacífico del movimiento bovino y, por extensión, de la idiosincrasia catalana. Late sin disimulo una superioridad cívica, novecentista y europea que se opone, qué duda cabe y como siempre, a una garrulería irascible, navajera y mesetaria. Cierto es, sin embargo, que no pocas veces el acomplejamiento español le ha comprado el discurso torticero al nacionalismo catalán y de ahí esa admiración que no ha hecho más que engallar a los falsarios. El penúltimo ejemplo es el de la socialista podemizada Bea Talegón que, después de pasar por caja en TV3, escribió un tuit que de bien seguro disfrutaron los supremacistas rurales y en el que venía a remachar que los catalanes son más demócratas que el pueblo vecino de cabreros. Pues ya se sabe que mientras en España se desenfundan garrotes para liarse a hostia limpia en un cuadro de Goya, los catalanes piden diálogo y cantan en hermandad armónica el “Give Peace a Chance” con Yoko Ono a la bandurria.

Tanto es así, tanto es el espíritu catalán de cantar de pájaros que nadie diría que arrasamos Mallorca, parte de Valencia y las tierras que nos pusieron por delante. Nadie diría que popularizamos el bandolerismo en unas guerras civiles que se sucedieron a lo largo de dos siglos, practicamos el lanzamiento de bomba y la quema de iglesias y conventos con fruición, patentamos junto con Chicago el pistolerismo y nos aplicamos a conciencia con los paseíllos. Además, antes del yihadismo​, nosotros ya tuvimos una organización terrorista pionera en la autoinmolación.

Los antecedentes, pues, no parecen demostrar que exista una predisposición genética catalana hacia el pacifismo. Todo lo contrario. Diría que hemos tenido una irresistible tendencia histórica a la violencia. Nada sorprendente, por otra parte. Al fin y al cabo está incrustado en nuestro ADN: como buenos españoles, a la primera de cambio desenfundamos el garrote para servir de adustos modelos al pintor de turno.

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