Pablo Mediavilla Costa

Un país aburrido

Sueño con el día en el que la vida política española sea tan tediosa que los amigos no me pregunten más por ella. Proyectos de ley, enmiendas, discursos a media tarde en un parlamento vacío, tasas y subvenciones como pilares de un lugar donde merezca la pena vivir. Hace unos días trabajé con la cadena japonesa de televisión NHK y el corresponsal recordaba las muchas veces que había estado en España en los últimos años. Lo decía con ese brillo que se les pone en la mirada a los periodistas cuando hacen presa. El divertimento en política, como las revoluciones, siempre lo disfrutan otros desde lejos, como ha demostrado Jon Lee Anderson.

Opinión

Un país aburrido
Foto: Olivier Matthys
Pablo Mediavilla Costa

Pablo Mediavilla Costa

Periodista. Hace un tiempo decidió acompañarse de una cámara. Madrileño nacido en Barcelona, un rato fue neoyorquino, aunque siempre mediterráneo.

Sueño con el día en el que la vida política española sea tan tediosa que los amigos no me pregunten más por ella. Proyectos de ley, enmiendas, discursos a media tarde en un parlamento vacío, tasas y subvenciones como pilares de un lugar donde merezca la pena vivir. Hace unos días trabajé con la cadena japonesa de televisión NHK y el corresponsal recordaba las muchas veces que había estado en España en los últimos años. Lo decía con ese brillo que se les pone en la mirada a los periodistas cuando hacen presa. El divertimento en política, como las revoluciones, siempre lo disfrutan otros desde lejos, como ha demostrado Jon Lee Anderson.

Mi emoción cuando he tenido una gran historia entre manos es solo equiparable a la que experimento por una noticia truncada. Ojalá no hubieran existido esas llamadas en mitad de noche para salir corriendo a París, Ginebra o Kiev. Mi amigo Jorge San Miguel contó la historia de un periodista que, cuando llamaba a los bomberos y le informaban de un incendio, contestaba: «Bueno, pero ha sido conato, ¿no?». El buen ciudadano ansía aburrirse, pero el periodista, más.

Bruselas es un erial -aunque Puigdemont haya ido ahora a pasear sus desvaríos mediterráneos- y por eso es el corazón del sueño europeo. En Suecia no pasa nada, o muy poco, y siempre se pone de ejemplo. La política en Italia, por el contrario, es un parque de atracciones; da para escribir obras maestras como El caso Moro de Leonardo Sciascia, pero complica muchos aspectos de la vida. No hablemos de Grecia o de México o de Filipinas.

Ahora, en España, es imposible aburrirse. El jolgorio político es una imposición televisiva. Vivimos secuestrados por las ocurrencias de pequeños genios; por comentaristas, recién despertados de una larga siesta, que se echan las manos a la cabeza en programas interminables, más largos que los propios días, con más últimas horas que acontecimientos. No da abasto la realidad. Cada noche es una final de la Copa de Europa o una Superbowl, un gran negocio de tertulianos sin vuelo.

Escribió Montaigne que la virtud en exceso es dañina. Miles de años para doblegar las crueles imposiciones de la naturaleza, algunos menos para vivir más y mejor fuera de la hora/trabajo, y cuando, por fin, podemos malgastar el tiempo en las cosas importantes y protegidos por países perfectamente anodinos, descubrimos que el aburrimiento empuja a muchos a tener las ideas más terribles. Por qué algunos quieren verlo todo arder cuando llegan a altísimos niveles materiales y de seguridad es uno de los grandes enigmas del capitalismo. También dejó dicho Montaigne que los espíritus que no se ocupan «en un asunto determinado que los refrene y obligue, se lanzan en desorden, a diestro y siniestro, por el vago campo de las imaginaciones». No hay duda de que el ser humano es un animal de acción, pero nadie podía sospechar que, en los domingos por la tarde ¾una de nuestras grandes conquistas¾, anidaba la amenaza definitiva a nuestro estilo de vida.

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