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Un partido con ideas

Foto: Flickr | Partido Popular

Las pócimas mágicas son tóxicas en las sociedades complejas. Retos como el demográfico o el cambio tecnológico no solo van a tensionar el Estado del bienestar y el mercado laboral, sino también los sistemas de Gobierno en todo el mundo. Sociedades cada día más expuestas a vaivenes externos al Estado-nación y también más inseguras, fragmentadas y polarizadas son presa fácil de los maestros de la demagogia y de las políticas de identidad, aquellas que ofrecen un enemigo antes que una solución. No es banal, pues, la decisión que van a tomar los afiliados del principal partido político de España. No se trata solo de regenerar, ya que el cambio por el cambio no tiene ningún valor moral, ni ideológico. Se trata de elegir un líder y, sabiendo que los liderazgos introducen valores y modifican culturas en las organizaciones, la responsabilidad que deben asumir los afiliados del Partido Popular no es menor: elegir un presidente que entienda que en los partidos modernos es tan importante la experiencia política como la profesionalidad en el análisis y la comunicación, que las bases son clave en la penetración social y que la autoridad moral requiere ejemplaridad y proyecto de futuro.

La decisión se tomará estrenando sistema de elección a nivel nacional. Es un sistema abierto, de fácil entrada –tantas candidaturas son la prueba-, pero también de resultados inciertos. Las dinámicas que acabarán guiando las campañas de los candidatos son imprevisibles, aunque a nadie se le escapa el riesgo de división o, al menos, de una improductiva escalada de tensión ajena a motivos ideológicos. Es el miedo que algunos siempre han esgrimido para rechazar este tipo de procesos. Sin embargo, si los afiliados perciben que un candidato es deshonesto o marrullero con sus compañeros, sus posibilidades de éxito menguarán. Por tanto, el Partido Popular está ante una gran oportunidad al dar voz a la base. Más de lo que parece a simple vista. En los últimos años la fuerza de los medios de comunicación había disminuido la importancia de la militancia en todas las organizaciones políticas. No obstante, podemos estar ante una interesante revalorización de lo que son los mejores portavoces de un proyecto político. En la última campaña en los Estados Unidos, los partidos tenían claro que, ante la pérdida de credibilidad de las élites, solo aquellas personas que uno conoce y trata de manera continuada -familiares, vecinos, compañeros de trabajo- pueden ejercer una influencia decisiva sobre el sentido del voto. Así, tanto demócratas como republicanos se esmeraron y destinaron ingentes recursos en informar y formar a sus voluntarios. Dar más instrumentos a la militancia sería, pues, una apuesta inteligente y el actual proceso congresual puede ser un buen inicio.

Otro punto positivo es la competencia que introduce este proceso. Será una oportunidad comunicativa. La confrontación atrae la atención de los medios. Durante unos días la jerarquía dará paso al debate en igualdad de condiciones. Es un cambio de paradigma. Pero es, sobre todo, una apuesta que debería fomentar la meritocracia y la elección de un liderazgo preparado para lidiar con la diversidad. España es una sociedad abierta y plural, cada día más heterogénea, lo cual exigirá a los políticos un creciente esfuerzo de persuasión y argumentación, eludible en las sociedades cerradas y monolíticas. Afectos e ideas. Hoy populismos y separatismos nos asfixian con sus sentimentaloides identidades excluyentes, por lo que necesitamos el oxígeno de las buenas ideas. Así pues, el partido necesitará trabajar (o valorar a quienes trabajen) en aquella síntesis del liberalismo, el conservadurismo y la democracia cristiana que hagan que el Partido Popular no solo sea el hogar común del centro-derecha, sino también el impulsor de las reformas que nuestra nación necesita para mantener la cohesión y potenciar la libertad. Tras el congreso se hará imprescindible una convención que provea al partido de un proyecto para los nuevos tiempos. Y esa renovación solo será posible con un presidente que recoja y respete lo mejor del pasado y que, entendiendo la importancia de las bases y las ideas, proyecte ilusión por el futuro.

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