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¿Un Pla desconcertante?

Foto: EFE | Archivo

La aparición de unas notas ensayísticas de Josep Pla inéditas –recopiladas en el volumen Hacerse todas las ilusiones posibles, al cuidado del filólogo Francesc Montero– ha tenido un impacto considerable en el actual debate civil catalán. Este volumen construido más bien a partir de recortes y de temática dispersa, escritos o reelaborados hace más de medio siglo, ha llegado ya a su quinta edición. En tiempos de liposucción interesada de la discusión pública, la noticia es espléndida. Porque es probable que la repercusión del libro no haya sido ajena, como casi nada, al momento crítico –en lo social, político e institucional– que sigue atravesando Cataluña y, en consecuencia, el conjunto de España.

En realidad tal vez el actual contexto, tan anómalo, haya facilitado tanto su éxito como su incomprensión o su sobreinterpretación.

Pero para el lector de sus viejos papeles, el Pla de las nuevas notas no debería ser un desconocido sino que le confirmaría un determinado perfil: el de un catalanista radical y esencialista, conservador y en ocasiones antisistema, que, consciente de las coordenadas políticas nacionales e internacionales, más que un discurso reactivo o defensivo, analizaba la realidad en términos pragmáticos. Pla, además de un literato universal tantas veces enraizado a lo local (lo sabe el lector de sus primeros viajes de postguerra, el Viaje en autobús y el Viaje a pie), nunca dejó de pensar políticamente la realidad y, como sabe cualquiera que no se haya aproximado a sus libros con prejuicios o anteojeras, uno de los bloques más compactos de su obra integral fue su reflexión sobre la aptitud de los catalanes para la política y, ligado a esta preocupación, su juicio tantas veces escéptico sobre la acción política del catalanismo a la hora de gobernar. Es una veta que arranca con sus formidables ensayos escritos en 1924 para la Revista de Catalunya, tal vez tenga como cima su biografía del líder conservador Francesc Cambó y su mejor concreción periodística en las crónicas partidistas dictadas desde Madrid durante los grises días republicanos. Con la excepción de las crónicas, algunas de las cuales han podido releerse ahora en Tres periodistas de la Revolución de Asturias, es una parte del corpus que aún no ha sido traducido al castellano.

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Inauguración de la Exposición Itinerante dedicada al escritor y periodista Josep Pla. Detalle de la exposición de 1991. | Foto: Archivo Efe

Leído como parte integrante de su obra política sobre Cataluña y España, la principal atracción de este nuevo zibaldone de Pla es descubrir al viejo moralista atento a otro momento crítico del Estado. Seamos claros. En estas notas privadas, su juicio era implacable:

“España es un embalse de mierda de unas proporciones generales fantásticas”.

Pero a diferencia del fosilizado Gaziel de aquel momento, ahogado en esa charca, Pla no sólo la describe sino que se atreve a cruzarla. Para mí lo fascinante es que Pla asistirá, con interés ambiguo, siempre como un nacionalista pragmático, a la transformación de esa realidad pútrida. No desde la distancia. Casi desde dentro. Porque aunque aparentaba estar lejos de todo secuestrado por su manía de escribir en el Empordà, quizá nunca como entonces, entre finales de la década de los cincuenta y principios de los sesenta, aquel Montaigne disfrazado de payés estuvo tan cerca del poder real.

Me explico. Ante el posible colapso económico de la dictadura, Pla, sin pretenderlo, se reveló como una figura senatorial para parte de la élite catalana que impulsaba los Planes de Desarrollo u ocupaba centros de decisión relevante. La pieza clave de su vinculación a esos círculos fue un insider más que influyente: Manuel Ortínez. Por entonces Ortínez era el director general del Servicio Comercial de la Industria Textil Algodonera, la plataforma que en aquel momento representaba a la gran industria catalana. Y es Ortínez quien organizó entorno a Pla una tertulia informal a la que asistían empresarios, intelectuales o catedráticos que, a pesar de ser mayoritariamente antifranquistas, estaban comprometidos con la modernización del país. Parece como si hubiesen escuchado, más que Notícia de Catalunya, esa admonición a la nueva burguesía que era Industrials i polítics del siglo XIX de Jaume Vicens Vives. Puro regionalismo catalanista. Aquel que Pla mismo subrayó en el retrato que dedicó a Vicens poco después de su muerte.

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Josep Pla en el despacho de su domicilio de “Mas Pla” en la localidad gerundense de Llofriu. | Foto: Archivo Efe

De esos encuentros con esa elite hay rastros en Hacerse todas las ilusiones posibles, igual que los había en el penúltimo inédito: las agendas tituladas La vida lenta, editadas por el profesor Xavier Pla (a quien deberíamos liberar de todo para que acabe la biografía de Pla que nos debe). Ese grupo compacto no pretendía reforzar la dictadura, ni de broma, pero sí salvar la economía del país para evitar el colapso de la sociedad. ¿Claudicación? No es tan simple, pero no es una decisión nada inocente. La quiebra moral que implicaba esa colaboración con el sistema –la del gran Joan Sardà o la del profesor Fabián Estapé- aquí la describe Pla con admirable precisión.

“Las dictaduras lo corrompen todo, porque como sólo pueden combatirse desde dentro, crean apariencias de duplicidad escandalosas”.

También en el libro, en algunas páginas sobre el alcohol como refugio ante una realidad devastadora, demuestra la clarividencia con la que Pla sobrevivía en un contexto de perversión civil.

Pero lo que revela la complejidad de la figura de Pla es que, al tiempo que era cómplice de la estrategia pragmática de ese grupo, con Ortínez, participaba al mismo tiempo de algunas acciones digamos de sabotaje –y le robo la denominación al todoterreno Joan Safont–. Toda vez que el lobby del textil catalán quería proyectarse en la nueva realidad creada por los Planes de Desarrollo, adquirieron un periódico para hacerse con una posición de prestigio en el debate público. Así El Correo Catalán devino una herramienta de divulgación constante del desarrollismo a través de la cual se ensayaba un nuevo regionalismo catalán. En su viejo afán de atacar al sistema –y, en este caso, el sistema periodístico barcelonés era La Vanguardia-, Pla empezó a colaborar en El Correo donde, como siempre, no tardó en denunciar de una manera radical el sometimiento de la lengua catalana.

  • Pero es que además, también en ese momento, ese grupo hizo una inversión de futuro cuya rentabilidad era más que improbable. Su bróker, otra vez, fue Ortínez. Apostaron por el olvidado president en el exilio Josep Tarradellas. Por eso Tarradellas había logrado establecer relación con Vicens Vives, por eso recibía la ayuda económica del lobby textil a –los lobbies dedicó Pla su primer artículo en El Correo– y por eso Pla, como mínimo en dos ocasiones, se reunió con Tarradellas aquel 1960.

Es uno hilo diseminado en el inédito ahora publicado, pero además encaja con otro documento que aún no ha podido leerse en español: el largo informe que Pla redactó tras 22 horas de conversación con el presidente exiliado. Allí aparecen algunas informaciones valiosas, pero sobre todo una descripción perspicaz. Ve en Tarradellas lo que él es.

“Es más personalmente separado que políticamente separatista”.

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El presidente de la Fundación Josep Pla, Federic Suñer, deposita un ramo de flores en la tumba de Josep Pla, con motivo de la conmemoración del veinte aniversario de su muerte. | Foto: Efe / Robin Townsend

Y precisamente por ello, porque descubre a un catalanista pensándose sobre todo como hombre de gobierno, Pla, tras el desconcierto, queda fascinado. “Me encontré con un político como pocos he conocido a lo largo de la historia que hemos vivido: un hombre claro, coherente, buen observador, sin brillantina, cauto, astuto, inteligente, prudente y valiente, formado para una navegación difícil y larga”. Le pareció haber descubierto, por fin, un hombre de gobierno.

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