Marcel Gascón Barberá

Un referéndum homófobo

Rumanía celebró este fin de semana un referéndum inédito. Convocada por el gobierno e impulsada por la ultraconservadora Coalición por la Familia con el aval de tres millones de firmas, la consulta planteaba cambiar la Constitución para cerrar la puerta a los matrimonios entre personas del mismo sexo.

Opinión

Un referéndum homófobo
Foto: Inquam Photos| Reuters

Rumanía celebró este fin de semana un referéndum inédito. Convocada por el gobierno e impulsada por la ultraconservadora Coalición por la Familia con el aval de tres millones de firmas, la consulta planteaba cambiar la Constitución para cerrar la puerta a los matrimonios entre personas del mismo sexo. La Carta Magna rumana define el matrimonio como el enlace entre dos cónyuges, sin especificar su sexo. Aunque las leyes rumanas ya excluyen explícitamente la posibilidad del matrimonio homosexual, los partidarios del referéndum aspiraban a conseguir un veto constitucional que habría alejado aún más la ya remota posibilidad de las bodas gays en Rumanía.

A pesar de que viví cinco años en Bucarest y me sigue interesando la actualidad del país, apenas leo medios rumanos. Quizá tenga que ver con el estado desolador en que se encuentran casi todos sus diarios, convertidos desde hace años en máquinas de hacer titulares enigmáticos sin más objetivo que el de sumar clicks. Como me intrigaba el referéndum, me asomé a las tertulias de las teles para ver el debate. Quienes se oponían a la reforma llamaban a boicotear la consulta. No todos estaban a favor de reconocer el matrimonio gay, pero sí coincidían en lo innecesario de un cambio constitucional que apelaba a los instintos homófobos de buena parte de la población y azuzaba el odio y la desconfianza contra las minorías sexuales.

Si tenía alguna duda sobre estos argumentos se disipó al oír a los partidarios del referéndum. Su discurso era un manual de la homofobia más pura. Invocaba la normalidad biológica y, en ocasiones, el encaje ortopédico de los sexos opuestos frente a una supuesta imposibilidad física, que sin embargo nunca ha sido obstáculo para el sexo desviado. Las ocurrencias argumentativas eran recibidas con risotadas (risitas nerviosas y más recatadas pero igual de obscenas en las mujeres), en celebración disipada, y satisfecha, del ingenioso atrevimiento. Había, por supuesto, referencias menos histriónicas a la esterilidad de las parejas gays, especialmente en un país en grave crisis demográfica como lo es la envejecida y menguante Rumanía. Como si a todos los heteros que se casan se les exigiera certificado de fertilidad. Como si no poder casarse llevara a los gays a procrear. O el matrimonio gay disminuyera la capacidad de tener hijos del resto de matrimonios.

En ciertos platós no faltó el argumento de los niños. Los gays son poco menos que por naturaleza perversores de menores. Y sacaban fotos de hombres fuertes y descamisados en posiciones lascivas en los desfiles de orgullo gay, que escuchando a algunos contertulios parece que se celebren frente a las escuelas, a la hora que acaban las clases. Por qué no trae imágenes del Carnaval de Río, le decía un hombre tranquilo y lúcido a una joven histérica que enseñaba unas fotos.

Porque frente a quienes decían estas cosas que tan residuales nos parecen ya en España había en los debates personas educadas, que exponían argumentos racionales y solo pedían respeto. Por fortuna ganaron, porque, con los medios del estado a su servicio y la influyente iglesia ortodoxa volcada en la campaña, los proponentes del referéndum no lograron atraer a las urnas más que al 20% de los votantes. Como la consulta necesitaba una participación de más del 30% para ser vinculante, la Constitución se quedará igual, y los estigmatizados gays rumanos podrán casarse sin tocar la Carta Magna cuando llegue al Palacio Victoria una mayoría progresista.

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