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Un todo con rostro individual

"Los sanitarios se han convertido en el testimonio (no el único de estos días, por supuesto) de la ética del cuidado"

Foto: Salvador Sas | EFE

No creo que sea tiempo de buscar las responsabilidades institucionales, que las hay y graves, en una crisis de estas dimensiones. Tampoco es el tiempo de la locuacidad ideológica, tan banal como peligrosa, que algunos no pueden evitar ni tan siquiera en estos momentos. Las hemerotecas y los rastros digitales pondrán a cada uno en su lugar con esta tragedia que no es precisamente, aunque machaconamente nos lo quieran vender así, uno de esos raros cisnes negros a los que se refería Nassim Taleb. La pandemia desatada por el Covid-19 es el punto final de la era de las certidumbres en la que nos habíamos instalado desde hacia unas cuantas décadas. 

Sabíamos, con Marx, que todo lo sólido se desvanece en el aire porque se trata una lección histórica que se repite con asiduidad. Pero, como les pasó a tantas sociedades anteriores a la nuestra, creíamos que esta fórmula no iba con nosotros. O, si la declarábamos, lo hacíamos con la boca pequeña. El 11 de septiembre de 2001 fue el inicio de este tiempo en clave política, que tuvo su correlato económico en 2008. Estos primeros meses de 2020 cierran esta época de caída. Poco sabemos del mundo al que nos encaminamos, aunque habrá un antes y un después. Pero no quisiera reflexionar sobre la incógnita. Cuando uno comienza a hacer estos ejercicios virtuales puede concluir pregonando que viviremos en un mundo complejo e incierto. Vamos, cómo lo ha sido siempre. Y para ese viaje no se necesitan demasiadas alforjas altisonantes (cámbiese alforjas por conceptos enrevesados y teorías dinámicas). 

En diciembre publiqué aquí mismo una columna sobre la maternidad. Y lo hacía “mirando de soslayo a Hugo, que nació hace ahora tres meses, mientras duerme confortado en el regazo de su madre”. Hoy la escena ha cambiado: Hugo está confortado en mis brazos esperando a que su madre llegue a casa después de atender a decenas de enfermos en las Urgencias de un hospital madrileño. Ambos sabemos que la mirada y las sonrisas de nuestro pequeño son el resguardo necesario ante la adversidad. Los sanitarios se han convertido en el testimonio (no el único de estos días, por supuesto) de la ética del cuidado, de la responsabilidad y de la escucha a la que todos estamos llamados. Nos lo recordaba el médico polaco Andrezj Szczeklik en su ensayo Catarsis (Acantilado), “el enfermo habla. Hay que escucharle, hay que oír su historia. (…) Y el oyente nunca debe olvidar que alguna de las historias que escucha será la suya un día u otro, porque alguna de las enfermedades le caerá en suerte también a él”.

Tampoco es el tiempo de los héroes. Los sanitarios ni lo son, ni lo pretenden. Lo extraordinario ahora no es su actividad, sino el contexto. Siguen haciendo lo que vienen haciendo día a día y, por suerte, lo seguirán haciendo hasta la extenuación cuando la pandemia pase. Y esto es lo que realmente los engrandece. No lo olvidemos a la hora de salir a nuestros balcones y ventanas cada noche a reconocer la labor de tanta gente que mantienen nuestra sociedad desde sus trabajos. Estamos enredados en historias, como supo ver Wilhelm Schapp después de la Segunda Guerra Mundial. Las historias de enfermedad siempre serán nuestras y, como tal, las debemos acoger. Cada una de estas narraciones nos hablan de relación y de vida. O, con aquellos versos de Wislawa Szymborska sobre el 11S, tendremos que recordar que todos seguimos “siendo un todo con un rostro individual”. Probablemente esta sea la lección más esperanzadora en este escenario de espera inquieta y, por qué no, podemos aprenderla con un aplauso.

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