Juan Marqués

Un trozo de cielo muy pequeño

"He reparado definitivamente en lo extraordinaria que es 'Nada', y lo meritoria, y lo sorprendente, y lo osada, y lo atrevida, y lo atinada…"

Zibaldone

Un trozo de cielo muy pequeño
Juan Marqués

Juan Marqués

Doctor en Filología Hispánica y crítico literario en publicaciones especializadas.

Dentro de dos días, este lunes que viene, se cumplirán setenta y cinco años desde aquel otro 4 de mayo de 1945 en el que salió de una imprenta de la calle París, en Barcelona, la primera edición de la primera novela de Carmen Laforet. Nada había ganado unos meses atrás, en la Navidad de 1944, el Premio Eugenio Nadal en su primera convocatoria, y no es ningún disparate pensar que si ese premio se ha convertido en un acontecimiento de la vida literaria española durante estos últimos tres cuartos de siglo es, en parte, por el impacto que supuso que en su primera celebración lo obtuviese una jovencísima autora inédita y absolutamente desconocida.

Laforet había nacido en septiembre de 1921 en Barcelona. Se criaría en Gran Canaria (lugar sobre el que escribiría, por encargo y para una popular colección de guías de la editorial Noguer, un curioso y poco conocido librito en 1961), pero regresó a su ciudad natal en 1939 para estudiar Filosofía. Cuando, por razones que no vienen al caso, tuve que bucear hace unos años en los archivos del Ateneu Barcelonès, me resultó curioso comprobar que Laforet se dio de baja como socia en 1942, aunque un tiempo después volvió a pagar la cuota por un tiempo, para darse de baja de nuevo durante unos meses, y así sucesivamente, convirtiéndose en una socia muy intermitente. Eso podía dar cuenta de su inestabilidad económica o, más bien, dejar claro en qué temporadas se volcaba en sus estudios o investigaciones y en cuáles tenía otras cosas más apremiantes que hacer. 

«La he releído ahora y, aunque suene a obviedad inexcusable, he reparado definitivamente en lo extraordinaria que es, y lo meritoria, y lo sorprendente, y lo osada, y lo atrevida, y lo atinada…»

Sea como sea, al presidente del Ateneu desde 1939 (y hasta 1952), el heterodoxo falangista cántabro Luys Santa Marina (que había sido, por cierto, muy amigo de Eugenio Nadal), no le debió de gustar nada Nada, porque justo durante los años de su publicación (exactamente desde 1942, fecha de la aparición de La familia de Pascual Duarte) tenía iniciada y bien activa una campaña contra la “literatura tremendista” en la sección de artes y libros del periódico que dirigía, Solidaridad Nacional. Respondiendo a consignas y directrices más o menos oficiales, Santa Marina abominaba de cualquier obra literaria que, como la de Cela, se centrase en la miseria material y moral, en la suciedad, en la opresión, en la enfermedad, en la ausencia absoluta de horizontes. La ópera prima de Cela tenía la excusa de que no aludía explícitamente a la posguerra, no hablaba de un tiempo preciso, pero la de Laforet, apenas dos años y medio después, retrataba con temeraria claridad el hambre, el frío y la precariedad con la que vivía una familia no especialmente miserable en un piso de la calle Aribau de Barcelona en 1939 o 1940, cuando regresa a la ciudad Andrea, una chica de dieciocho años, para estudiar Humanidades en la Universidad.

El escándalo pudo ser realmente histórico, pero todo hace suponer que, una vez que se falló el premio y, sobre todo, una vez que se publicó la novela sin, al parecer, ninguna censura, las órdenes estuvieron dirigidas a amortiguar cualquier posible repercusión excesiva del asunto, evitar represalias contra los miembros del jurado (gentes del Régimen, al fin y al cabo) o sanciones a la editorial Destino (cuyo nombre tiene, desde luego, explícitos resabios joseantonianos). Que una jovencita anónima de veintitrés años se permitiera dibujar la pobreza ambiental de Barcelona en 1940 hubiera sido impensable sin la obtención del premio, así que los Reyes Magos de 1945 trajeron un regalo muy comprometido a las autoridades. Anunciado el fallo, el daño estaba hecho. No sólo ganaba el flamante premio de cinco mil pesetas una muchacha sin padrinos (derrotando, entre otros, al ya consagrado y bien posicionado César González Ruano), sino que la publicación de su debut confirmaba que en sus páginas, como de pasada, sin que fuese aparentemente el tema central, se recreaba la extrema violencia recién sufrida en España, encarnada ahora en las peleas y los rencores de dos hermanos, Román y Juan, que conviven con una hermana autoritaria y fracasada, Angustias, y con una madre enajenada, una mujer (la de Juan) insatisfecha y enloquecida, un niño débil, una sirvienta envilecida, un perro indolente y un loro enfermo. Un panorama, pues, estupendo, para que regrese a vivir allí Andrea, ausente durante muchos años de Barcelona, pero matriculada ahora en la reabierta Universidad. Son personajes que, como se dirá con brillantez en cierto momento, al final de la primera parte, son “como pájaros envejecidos y obscuros, con las pechugas palpitantes de haber volado mucho en un trozo de cielo muy pequeño”…

«El retrato de sus calles es casi tan brillante como la exploración psicológica que se hace de los personajes»

Aparte de los intemporales asuntos propios de la juventud y de los estudios, de las dudas implícitas a esa edad y esa situación, el contexto de Andrea es la España de los primeros años 40, y Carmen Laforet, tan cercana a su propio personaje, supo escribirlo con una maestría deslumbrante. Yo intenté leer Nada demasiado pronto, a los doce o trece años, cuando mi hermano mayor se vio obligado a leerla por los planes de estudios de entonces, y el ambiente asfixiante de aquel piso de la calle Aribau apenas me dejó entrar, y me expulsó a las pocas páginas. Cuando yo mismo debería haber tenido que leerla, pocos años después, ya no era una lectura obligatoria, pero la leí, y me gustó sin más, sumergido por entonces en el descubrimiento de demasiadas cosas a la vez, y muchas lo suficientemente geniales como para que aquella primera novela me impresionara. Pero la he releído ahora y, aunque suene a obviedad inexcusable, he reparado definitivamente en lo extraordinaria que es, y lo meritoria, y lo sorprendente, y lo osada, y lo atrevida, y lo atinada… Barcelona ya había sido magistralmente recreada poco antes en novelas como Lo rojo y lo azul de Benjamín Jarnés o Campo cerrado de Max Aub, y desde luego lo ha sido después en las novelas y relatos de Manuel Vázquez Montalbán, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Ignacio Martínez de Pisón o Sergi Pàmies. La literatura ha estado siempre a la altura de Barcelona, que es una ciudad realmente bien escrita, algo que no se puede decir de todas. Pero en ese sentido también es Nada un hito, pues a los apuntes como secundarios que va dejando caer aquí y allá, se define el perfil de la ciudad como “un rebaño de monstruos” en una de las escapadas que Andrea hace al campo en el coche de los jóvenes enamorados Jaime y Ena, o se desliza hacia lo grotesco y esperpéntico, casi goyesco, en esas páginas alucinadas en las que Andrea persigue a su tío Juan por el prohibido y temido Barrio Chino.

Esa inteligencia y esa habilidad literaria se despliegan a lo largo de toda la novela, desde la estación a la que llega en la primera línea hasta esa ciudad que queda atrás en la última, encajando nítidamente el relato en la clásica “unidad de lugar”: la novela, al cabo, cuenta la más bien fallida (así, desde luego, lo vive ella) experiencia de unos meses, un curso escolar, en Barcelona, ciudad tan fascinante como dura, tan estimulante como difícil, que atrapa pero también rechaza. El retrato de sus calles es casi tan brillante como la exploración psicológica que se hace de los personajes, el análisis de sus traumas y complejos, aunque al fin, y como sin pretenderlo, la que queda más claramente retratada (y casi la única salvable) es la propia narradora, poco experimentada pero audaz, inocente pero astuta y arrojada, tímida pero valiente, y con una personalidad fuerte y noble en medio de diferentes formas de desesperación, de modo que acaba moviéndose con repulsión pero con soltura en medio de todo tipo de dificultades, y sufriendo un machismo ritual que sólo tácitamente queda denunciado, pero que se respira en todos los capítulos. 

La ópera prima de Carmen Laforet fue también su obra maestra, y es una novela que, exactamente setenta y cinco años después de su aparición, mantiene una fuerza asombrosa, una verdad secreta que se hace pública, un alarido íntimo que se convierte en un verdadero revulsivo para el lector. Si eso es así hoy, sólo cabe conjeturar cómo fue secretamente leída en mayo de 1945.

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