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Un veto ejemplar

El veto de Ciudadanos al PSOE ha resultado ejemplar, de algún modo inesperadamente.

Foto: Francisco Seco | AP

El veto de Ciudadanos al PSOE ha resultado ejemplar, de algún modo inesperadamente. No para Ciudadanos, que ha cometido la segunda mayor torpeza de su historia (la primera fue aquella alianza turbia con Libertas), sino para el PSOE. El gran partido vetante ha sido vetado y no sale de su asombro. La reacción histérica ha sido inaudita. Llevaba meses despotricando contra Ciudadanos, llamándolo extrema derecha, asimilándolo con lo peor, y ahora se muestra dolido de que el despreciado lo desdeñe. El PSOE es un partido narciso, como su líder. Si este veto ha abierto una brecha en la burbuja autorreferencial, habrá sido útil la lección.

Sé más o menos lo que se siente, por una historia que les recordé la otra noche a Luis Sanz Irles y David Jiménez Torres en un restaurante de Madrid llamado (no por azar, lo veo ahora) Narciso.

Tengo conciencia de ser un tío al que la gente quiere ver, aunque yo no siempre tenga ganas de ver a la gente. En Málaga me cruzo a veces con un personaje de la vida cultural al que le tengo aprecio pero que me parece un poco pesado. Cuando lo veo aparecer por la calle y noto que él no me ha visto, me escapo por el primer callejón. Un día fue imposible: estaba al otro lado de un semáforo en una avenida amplia, sin escapatoria. Él no me había visto aún, y para evitar al menos esos incómodos minutos de espera frente a frente, me puse a mirar la pantalla de mi iphone. Mi idea era arrancar en cuanto el semáforo se pusiera en verde, fingir sorpresa ante él en medio del cruce, saludarlo y seguir mi camino. ¡Benditos semáforos que nos impiden pararnos! ¡Mi lugar predilecto para cruzarme con los conocidos! Aunque a veces, ay, también se cruce uno con la transeúnte de Baudelaire…

Cuando el semáforo se puso en verde, levanté la mirada para cruzar, iniciando mi gesto de sorpresa y saludo. Pero el pesado había desaparecido. Sin duda, al verme absorto en mi iphone, había aprovechado para huir. No me lo podía creer: ¡yo era un pesado para el pesado! El mundo fue un lugar distinto entonces: ya no era ese sitio en el que yo escapaba de la gente, sino también un sitio en el que la gente escapaba de mí.

A mí la lección sí que me fue útil: para cuando terminé de cruzar, me encontraba muy mejorado de mi narcisismo.

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